Una semana de dieta hospitalaria (o cómo boicotear tu sistema inmune cuando más lo necesitas)

Bueno, después de la peor semana de mi vida (confieso que el cáncer fue un juego de niños en comparación), me veo obligada a desenterrar el hacha de guerra en la vieja contienda contra la deplorable dieta hospitalaria.

La (llamémosle cariñosamente) “aventura”, comenzó con 3 días de dieta absoluta (prescrita ante la muy probable inminencia de una intervención quirúrgica), que consiste básicamente en no comer y no beber nada (ni agua, vamos). Hasta aquí, conforme.

Cuando el periplo llegaba a su fin

Sabed que he ayunado en varias ocasiones desde que descubrí la dieta cetogénica y me resulta perfectamente tolerable. Dicho esto, os aseguro que el ayuno acompañado de un chute constante de glucosa en vena es una auténtica tortura. Han sido seis días de suero salino con glucosa (tres de ellos acompañados de escasa dieta líquida) en los que he pasado un hambre atroz para acabar hinchada, con lecturas de glucemia estratosféricas y rotundamente desnutrida.

Imploro que alguien me explique por qué, justo en el momento de saltar al ruedo a luchar por nuestra vida, restringimos el suministro de las materias primas que nuestro sistema inmune necesita para ejercer su cometido al máximo rendimiento. Me pregunto qué costaría incluir una buena dosis de vitaminas A, B, C y E (como mínimo) al suero fisiológico básico. ¡Podría marcar la diferencia!

Y, puestos a pedir, opino que quizás deberíamos reconsiderar los protocolos que dictan la necesidad de inundar la sangre de los pacientes de azúcar (incluso cuando estos presentan insulinorresistencia) mientras se permite que agoten inexorablemente sus reservas de micronutrientes.

En cuanto a los tres días de dieta líquida… El caldo del almuerzo y la cena me supo a pura ambrosía. Dicho esto, debo añadir que entiendo que las opciones son limitadas, máxime en un hospital, pero me resisto a creer que el único desayuno con un mínimo de nutrición que se contempla sean los zumos industriales y la leche (con sobrecillo de azúcar opcional), que obviamente no probé. No soy anti-leche-jamás, pero desde luego no considero que sea una gran elección cuando alguien se encuentra sumido en un estado inflamatorio agudo (y con la proteína C reactiva a unos alarmantes 30 mg/L, tres veces el baremo superior máximo).

Me enerva que no utilicemos el enorme potencial de la nutrición a nuestro favor y que encima nos hagamos el flaco favor de arrojar desorden al caos alimentando a los pacientes con azúcar, aditivos varios y proteínas proinflamatorias. No sólo les obligamos a saltar a la arena desarmados y a pecho descubierto, sino que encima les asestamos un par de estocadas previas a la batalla. Es un completo sinsentido.

Y ya el súmmum de los horrores es la dieta hospitalaria “normal”. Confieso que había olvidado la magnitud de la tragedia (que ya sufrí en mis anteriores intervenciones meses atrás). Tras la segunda cirugía y después de 5 días sin ingerir sólido alguno, se me permitió comer. No entraré a valorar sabores o texturas, me limitaré a poner en duda la nutrición de los casi “happy meals” del MacDonalds con que se alimenta a los pacientes. ¿Tan difícil es añadir un poquito de verde fresco o de fruta-no-de-plástico al menú? ¿No compensa el saber que se está nutriendo a los luchadores cuando más lo necesitan por el coste de utilizar comida fresca aunque perecedera ni que sea en una mínima proporción?

Os diré que a pesar de que entiendo que entre las prioridades de un hospital no se cuenta la restauración, sí creo que debería primar la salud de los pacientes sobre la mera supervivencia. El desayuno era un pastelito o unas tostadas industriales, fruta en almíbar y/o procesados variados de los que no caducan. Al verlo, podía oír a mi aguerrido mTOR echándose las manos a la cabeza de incredulidad.

Yo he tenido la inmensa suerte de haber estado ingresada solo una semana y de contar con el contrabando que mi adorada madre me hacía llegar. Imaginad los pobres pacientes que no son conscientes del poder de un óptimo estado nutricional y cuyos visitantes optan por colar bombones en lugar de pistachos, moras, arándanos y un plátano (que merecidamente me regalé 😊).

Me apena soberanamente que no utilicemos el formidable poder de la alimentación como coadyuvante en los tratamientos médicos. No pretendo en absoluto que la nutrición arrincone a las terapias farmacológicas (fui muy feliz de poder entrar a quirófano convenientemente drogada), pero sí aspiro a que algún día la ascendamos al lugar que merece. Y es que cuando toca saltar al ruedo, ¡toda ayuda es poca!

Así que si tenéis a un ser querido hospitalizado y queréis llevarle algo de contrabando, sabed que le ayudará mucho más una cesta de fruta que haya visto el sol, una tortilla de espinacas hermosa o un buen tupper de estofado casero que la socorrida caja de bombones. ¡Al menos no añadirán más leña al fuego!

Paleo-coca “cumple-deseos” de San Juan (para que caiga esa breva)

Y después de la bella noche del solsticio de verano, un San Juan como manda la tradición: con una buena coca. Pero esta no lleva harina de fuerza, ni levadura de panadería, ni, por supuesto, aquellas hiperdulces-y-casi-plastificadas frutas escarchadas (que ni siquiera yo, una adicta al azúcar reconocida, echo demasiado de menos). Y tampoco es un mazacote que haya que remojar en ningún brebaje para poder ser ingerido 😊.

No, la que yo os propongo es una versión “coquificada” de mi muy celebrada tarta de calabaza, tuneada con un extra de cáscara de limón rallada y un generoso pellizco de mezcla de especias garam masala, coronada con unas primorosas brevas y abarrotada de exquisitos piñones. Perfecta para dar la bienvenida al verano con una buena dosis de ilusión, ternura y antioxidantes.

Y es que… ¿cuántas veces habéis pensado un deseo seguido de un resignado “no  caerá esa breva”? Centenares, ¡seguro! Pues sabed que, algunas veces, los astros se alinean y, contra todas las previsiones, las brevas caen.

Así que, puestos a esperar, que sea celebrando San Juan con esta suculenta coca y brindando por los deseos que lanzasteis al aire la noche anterior. No os puedo asegurar que se cumplan, pero sí que disfrutaréis de la dulzura del bocado sin apenas un atisbo de culpabilidad.

La he bautizado como “cumple-deseos” porque es en sí misma un deseo cumplido: una coca preciosa, además de deliciosamente melosa, sin gluten, sin lácteos, sin azúcar, paleo y bastante low carb. ¿Qué más se puede pedir? Vale, sí, a mí también se me ocurren un par de ideas, pero esta tiene la ventaja de que obtenerla solo depende de vosotros. ¡Feliz verano!

Tupper de casi-repostería paleo y low carb (o el picnic/regalo perfecto)

¡Por fin! He aquí una bandeja-tupper de repostería paleo y low carb llevable la mar de aparente, apta para celíacos, intolerantes a la lactosa/fructosa, alérgicos al gluten/caseína e insulinorresistentes que acaban de superar un cáncer (lo que les ha convertido en verdaderos fanáticos del paleo low carb – como yo 🤗), una auténtica gozada que será igualmente idolatrada por todos aquellos que no quepan en las categorías anteriores.

Os reto a mirar el hermoso platico que me ha quedado después del encarnizado reparto del botín y decirme con toda sinceridad que no tiene una pinta tremenda. Yo desde luego me vendía sin titubeos por otro igual (y hasta por medio).

Y doy fe de que no solo son bellos, también levantarán comentarios del tipo “increíble que siga soltero/a” a vuestro alrededor así que vuestros co-comensales los caten. Francamente, no se me ocurre regalo mejor (o postre más apetitoso para un picnic de lujo).

Una vez convencidos y embarcados en el digno cometido de llenar vuestro tupper, llega el momento de decidir de qué. En esta ocasión, el rey indiscutible de la bandeja han sido las mini-tartas de calabaza (en este caso coronadas con unos deliciosos piñones), cuya receta tenéis aquí, porque es mi favorita-del-mundo-para-siempre-o-al-menos-de-momento.

Y, como no podía ser de otra manera, HABÍA que incluir mini-bizcochitos de chocolate con propina (hoy con fresas, frambuesas, nueces y pistachos). Tremebundos.

Y por supuesto, otro pastelito de obligada inclusión han sido las aclamadas nubecillas de coco (que tenéis aquí), una apuesta segura.

Y para rizar el rizo (y dar una opción paleo y apta para alérgicos al huevo), unos deliciosos “casi-ferreros” de “chocoaguacate”, simplemente soberbios (aunque esté feo que lo diga yo, pero a falta de abuela…) ¡Un hurra para la pastelera! 😀

mTOR (o la ruta metabólica que puede acelerar y detener el cáncer)

La primera vez que oí hablar de mTOR fue en una impactante presentación sobre la conexión ancestral entre las proteínas, el envejecimiento y el cáncer impartida por el Dr. Ron Rosdale, uno de los padres fundadores de la comunidad low carb. Me resultó fascinante, a pesar de que, por aquel entonces, yo ignoraba que mi dieta cetogénica estaba manteniendo a raya un agresivo cáncer de endometrio, cuya sintomatología, que yo achacaba a una premenopausia precoz, me acompañó (contra todo pronóstico) durante más de un año. Tras el diagnóstico, aquella inicial curiosidad se convirtió en obsesión y literalmente me sumergí en mTOR, tratando de comprender (y aprovechar) su influencia en la carcinogénesis.

La diana de rapamicina o mTOR (por Mammalian Target of Rapamycin) viene a ser un maestro de ceremonias o director de orquesta bioquímico. Es un complejo enzimático que regula la multiplicación y supervivencia celulares, es decir, es quien decide si la célula emplea su energía en cuidarse y reciclar sus partes dañadas (lo que vendría a ser “invertir en reparación y mantenimiento”) o si, por el contrario, opta por multiplicarse.

Como ruta encargada de modular el crecimiento celular, mTOR juega un papel crucial en el envejecimiento, así como en las patologías relacionadas con él (como el cáncer, las enfermedades cardiovasculares y los desórdenes metabólicos). De hecho, se ha comprobado que mTOR se encuentra sobreactivado en la inmensa mayoría de los tumores, lo que no sorprende si se considera que el cáncer es básicamente una proliferación descontrolada de células.

Hasta aquí, suena curioso pero poco práctico, ¿verdad? Parece otro mecanismo susceptible de ser aprovechado por las terapias oncológicas (lo que felizmente ocurrirá en breve, también), pero sobre el que no tenemos control. ¡Pues nada más lejos! Sabed que mTOR modula el crecimiento celular en respuesta a los nutrientes que detecta (particularmente aminoácidos, los componentes de las proteínas que consumimos) y a los llamados factores de crecimiento, ciertos mensajeros bioquímicos celulares (básicamente IGF-1 o factor de crecimiento insulínico tipo 1 y nuestra vieja conocida, la insulina).

Y limitar la acción de mTOR impide la multiplicación de las células promoviendo que inviertan su energía en cuidarse. Sí, esta afirmación incluye a las células cancerosas de (hasta la fecha) un estimado 70% de los tumores. He aquí nuestra poderosa artillería pesada: el control de los nutrientes y mensajeros que recibe mTOR para que incline la balanza hacia la reparación celular y la aleje de la multiplicación. ¡Imaginad el potencial de tenerlo como aliado en la lucha contra el cáncer!

Ruta metabólica de mTOR [Charles Betz (Creative Commons BY 3.0)]
Si queremos que nuestras células se dediquen a reciclar sus mitocondrias dañadas en lugar de dividirse, disminuyendo considerablemente el riesgo de incidencia de cáncer (y retrasando su progresión una vez instaurado), debemos asegurarnos de que mTOR recibe los mensajeros bioquímicos adecuados. Como suele ocurrir, no podemos controlar todos los factores ambientales que potenciarán la expresión de los genes procáncer, pero, igual que podríamos escoger qué partituras le llevamos al director de orquesta, también podemos elegir qué nutrientes alcanzan a mTOR.

Entonces, ¿cómo podemos esquivar un envejecimiento prematuro y eludir las enfermedades que este depara? Pues, una vez ya creciditos (se estima especialmente útil a partir de los 35), manteniendo a mTOR en modo “reparación y mantenimiento”, optando por una dieta baja en proteínas (que activan mTOR directamente) y baja en carbohidratos (que lo hacen a través de los niveles altos de insulina que provocan).

Si estáis aquí, probablemente ya habéis restringido el azúcar y aumentado la proporción de grasa que quemáis. Solo tenéis que darle una vuelta de tuerca más. El Dr. Rosedale recomienda una ingesta diaria de unos 0,8g de proteína por cada kilo de masa magra. Para que os hagáis una idea, en mi caso (mido 1,75m y ahora peso 65Kg), esto se traduce en un par de huevos y una porción mediana de carne o pescado por día.

Pero igual que nunca os pediría que contéis calorías, tampoco creo que haya que pesar proteínas. Simplemente, intentad que el grueso de vuestro plato sean verduras frescas de mil colores llenas de fibra y antioxidantes, convenientemente bañadas en grasas saludables y escoltadas por porciones tamaño “palma de la mano” de huevos, carnes (idealmente de gallinas y de animales felices que no se hayan hinchado a antibióticos) o pescados (preferentemente pequeños y salvajes). ¡Que las mega-barbacoas sean ocasionales! Así, os aseguraréis de que mTOR recibe partituras anticáncer y cambia de bando para luchar a vuestro favor.

Nunca sabré cuánto tiempo mantuve a raya el cáncer, ni cómo habría evolucionado sin la histerectomía, pero cuanto más aprendo sobre epigenética, más consciente soy de que las probabilidades de que mi dieta me salvara de la quimioterapia son considerables.

A los previsores: El mejor día para empezar a cuidarse fue hace 10 años, ¡el segundo mejor día es hoy!

A los guerreros: Si el cáncer ha tenido la osadía de hacer su aparición, demostradle que se ha equivocado de cuerpo. Encarad la batalla confiados y seguros de vuestra victoria. Y ponédselo aún más difícil blandiendo un arma que sí podéis controlar: el poderoso mTOR. A por él, sin piedad.

Canapés “hágaselo usted mismo” (para todos los gustos/requerimientos)

¡Aquí os traigo la solución a (casi) todos vuestros problemas! Los canapés “hágaselo usted mismo”, que no esconden a un/a cocinero/a perezoso/a, sino a un anfitrión que quiere asegurarse de que todos sus ilustres invitados disfruten de un entrante de auténtico lujo (independientemente de sus gustos/requerimientos).

Y es que… ¿os habéis encontrado alguna vez ante el desafío de preparar unos canapés con la capacidad de contentar a un surtido grupo de invitados con manías/necesidades dietéticas diversas?

Imaginad una reunión de sibaritas que incluyen a una insulinorresistente que acaba de superar un cáncer y se ha vuelto aún más estricta con el low carb/real food (mismamente, una servidora 😊), un individuo de gran corazón pero poco amante de las verduras y a una celíaca con intolerancia a la lactosa y a la fructosa muy embarazada.

Así que las premisas eran: sin gluten (por el bien común), cero azúcar ni procesados (por mí), nada de ahumados, curados, fruta o queso (que están crudos o llevan fructosa/lactosa, por mi estimada premamá) y que además el verde fuera “opcional”. Y yo quería canapés 😋.

Así que a pesar del enorme desafío que se erigía ante mí (porque la mayor parte de mis canapés incluyen algún tipo de fruta, jamón, queso o vegetal), me negué a renunciar a ellos (porque me encantan los canapés y además me ponen los retos). ¡Así que decidí apañar un mini-buffet libre de canapés sin montar!

El plan era coger un dadito de no-pan de molde low carb como base y que cada comensal eligiese las combinaciones que le apetecieran más y se montase su propio canapé.

Había tres deliciosas salsas (un romesco, un baba ganoush y un guacamole), además de pisto, anchoas, mejillones, vieiras con panceta crujiente, huevecitos de codorniz cocidos, chistorra, espárragos trigueros y pollo al vapor.

¿Los triunfadores de la noche? Dos combinaciones estrella: el canapé de guacamole con mejillón y el de romesco con vieira y panceta. Resultó una auténtica gozada de cena con sabor a celebración que pasará a la historia como “el reto (superado) de los canapés deconstruidos”.

Tarta “la vida es bella” (de mousse de mango)

A mis padres y hermanos: GRACIAS. Con una guardia pretoriana de tamaña categoría, no hay cáncer que pueda conmigo.

Por fin, hoy os traigo una tarta para celebrar la vida: risueña, jugosa y exquisita. No lleva azúcar ni gluten, pero el dulzor natural del mango le aporta una nada desdeñable cantidad de carbohidratos, así que la reservo para ocasiones realmente especiales (como una cena de celebración junto a mi adorada enfermera-madre tras un “adiós, muchas gracias” a cierto cirujano oncológico) 😊

La ventaja añadida de esta tarta, además de su exultante dulzor y textura amorosa, es que es fácilmente adaptable a días/cocineros vagos con mucho que celebrar/agradecer. Si hacéis sólo la deliciosa mousse de mango y la presentáis felizmente en vasitos, en apenas 10 minutos la tendréis lista y os aseguro que deshará el corazón más gélido. Ella sola se basta y se sobra como postre de celebración, pero si la ocasión lo merece… Vale la pena dedicar media horita más a la causa y llevar a la mesa esta maravilla.

Los que os decantéis por la tarta en todo su esplendor, empezad por apañar una base de bizcocho de chocolate low carb (alegremente sustituible por las míticas galletas trituradas con mantequilla) y dejar el molde desmontable listo para volcar la mousse. ¡No olvidéis el papel de acetato en los bordes para que vuestro yo del futuro pueda desmoldar la tarta con elegancia!

Vale, la base de bizcocho está lista. Vamos a por esa deliciosa mousse de mango. Para 4 vasitos alegres o para rellenar una tarta de tamaño “familia bien avenida” (de unos 20cm de diámetro), necesitáis:

  • un mango maduro (o dos si, como yo, usáis las bolitas para decorar/usar de base de canapés y trituráis los retales)
  • dos cucharadas de queso crema
  • 150ml de nata para montar
  • un par de láminas de gelatina (sólo si os decidís por la tarta, para que la mousse no se desmorone al desmoldarla)
  • edulcorante al gusto (yo ni siquiera le echo, el mango aporta suficiente dulzor para mis papilas)

El “cómo se hace” no puede ser más sencillo. Triturad el mango y mezcladlo con el queso. Si vais a por la tarta, hidratad la gelatina en frío unos minutos y disolvedla en un dedico de agua caliente (yo aprovecho para “rebañar” el vaso donde he triturado el mango). Añadidla a la proto-mousse y mezcladlo todo bien para que se vaya amalgamando mientras montáis la nata bien fría.

Sólo queda añadir la nata montada a la mezcla de queso y mango. Hacedlo con cariño y movimientos envolventes para que mantenga la textura ligera y vaporosa. Probadla (en este instante ya se aprecia el “gracias a la vida” que entonará el resultado final 😋) y volcadla en el molde con la base de bizcocho de chocolate low carb. Metedla en la nevera y dejadla reposar (idealmente toda la noche).

Llegó el momento de dar rienda suelta a la creatividad. Desmoldadla con cariño y decoradla como buenamente os dicte el espíritu con el que hayáis amanecido. Por mi parte, yo hoy me he decidido por cubrirla con cacao puro en polvo,  un monigote risueño hecho con retales de mango, tres frambuesas y un pelín de almendra picada.

Aunque está absolutamente deliciosa, esta tarta no entra en la categoría de low carb para el día a día ni con calzador. Peeeero… sí cabe con holgura bajo la etiqueta de bastante low carb para celebrar la belleza de la vida en un día excepcional 💪. 

Cáncer y dieta cetogénica (o el “más difícil todavía”)

Es curioso como todas  las preocupaciones que invadían tus días e inquietaban tus noches se esfuman en un segundo cuando te confirman que tienes cáncer. Tu escala de prioridades da un giro de 180º y todo pasa automáticamente a clasificarse en dos categorías:  “antes de” o “después de”. La verdad es que, desde el diagnóstico, me siento como en una nube.

Para mantener la mente ocupada y de paso contribuir a la causa (una vez más o menos superado el shock inicial), he revisado una cantidad ingente de literatura médica al respecto. Y, a día de hoy, puedo concluir que:

  • el cáncer es complicado y
  • cada tipo de cáncer es diferente, pero
  • encarar la batalla con optimismo y
  • una dieta cetogénica antiinflamatoria son aliados inestimables sobre los que sí tenemos control.

En breve os comento los dos libros que más me han ayudado a entender el cáncer (y cómo hemos llegado a las terapias actuales): Tripping over the Truth (de Travis Christofferson) y mi nueva biblia, Cancer as a Metabolic Disease (del gran Thomas Seyfried).

Os diré que, a día de hoy, me alegro una barbaridad de llevarle un año de ventaja al diagnóstico en estricta dieta antiinflamatoria y low carb. Sólo hay que darle una vuelta de tuerca más.

La evidencia apoya que esta dieta anti-cáncer sea no sólo rebosante en antioxidantesbaja en carbohidratos, sino también baja en proteínas. Al final, se trata de mantener a raya la insulina, para que ésta no active el crecimiento de las células cancerosas a través de mTOR, el fascinante Mammalian Target of Rapamycin. Ved aquí qué es y cómo podéis usarlo a modo de artillería pesada en la batalla contra el cáncer. No dejéis de incluirlo en vuestro arsenal y salid a matar. Yo lo haré.

Y es que nadie dijo nunca que la vida iba a ser un apacible paseo. Supongo que es parte de su encanto.

Nota desde el futuro (3 largos meses después) 

Parece que he ganado yo… Mi apreciado oncólogo me ha llamado “anomalía estadística”, básicamente porque, sin saberlo, he mantenido a raya un cáncer de metástasis fácil y fugaz durante mínimo un año. ¡He tenido mucha suerte! Gracias a mi buena fortuna (y a que mi rigurosa dieta cetogénica había obstaculizado el crecimiento del cáncer), me he ahorrado la quimioterapia.

Así que el lado bueno es que conservo la melena y los agravios a mi sistema se han limitado a tres cinco intervenciones quirúrgicas, treinta dosis autoinyectadas de heparina, antibióticos a mansalva y algunos chutes de analgésicos de caballo. El lado menos bueno es que mi muy estimado útero cayó en la batalla, así que si alguien esperaba reclamar el primogénito que prometí aquí, mejor vaya pensando en otro soborno. Recomiendo la tarta de calabaza.

No ha sido un camino de rosas, pero supongo que ya nadie me dará la brasa para que me eche novio porque se me pasa el arroz 😏

Canelones-xató (un vicio “de cuidao”)

He aquí los primeros canelones-xató de la historia (¡que yo sepa!) “Canelones”, porque son rollitos de tiriñas de calabacín rellenos de pisto con merluza (felizmente sustituible por cualquier resto que tengáis en la nevera) y “xató” porque se cubren con salsa romesco y escarola*.

*[El xató es una deliciosa ensalada tarraconense de escarola con salsa romesco, mismamente, lo que me lleva a sospechar que el premio a la creatividad no llamará a mi puerta este año tampoco 😀 ]

Vale, reconozco que no elegiría estos canelones para una cena fugaz, pero creedme si os digo que pocos entrantes levantarán tanta admiración entre vuestros comensales en aquel día feliz en el que amanezcáis con ganas de echar un ratillo en la cocina.

¿Qué necesitáis? Pues para 4 platillos alegres, calculad:

  • un par de calabacines hermosos (idealmente, cortad las tirillas externas con un pelapatatas o una mandolina y aprovechad los retales para el pisto)
  • una berenjena, un pimiento rojo, uno verde y una cebolla
  • unos restos de merluza (o cualquier pescado, o carne, ¡o nada!)
  • romesco (ved aquí la deliciosa receta “secreta” de mi madre)
  • escarola y granillo de almendra para coronar

Empezad por meter en el horno los tomates y el ajo para el romesco y apañar las “placas de canelones” pasando por el microondas (o la plancha) las tiriñas de calabacín. Seguid por hacer el pisto cocinando a fuego lento la cebolla, la berenjena, los pimientos y los retales de calabacín que hayan sobrado. Mientras se cocina, pasad la merluza por la plancha y desmenuzadla. ¡Ya casi estáis!

Mezclad la merluza con el pisto y colocad las tiriñas de calabacín sobre papel de aluminio (para facilitaros después la “canelonización”). Colocad un par de cucharadas de farsa sobre cada “placa de canelón” y enrolladlo felizmente. Como no va al horno, podéis colocarlos directamente sobre una camita de romesco en los platos que llevaréis a la mesa.

Cubridlos con una capa generosa de salsa y un poquiño de granillo de almendra (o no). Justo antes de servir, coronadlos con unas hojiñas de escarola y aliñadlas con un pelín de sal y aceite de oliva. Veréis qué lujazo: unos canelones deliciosos abarrotados de fibra y vitaminas, sin gluten, sin lácteos, sin féculas, paleo y low carb.

Nadie se imaginará que es un entrante “aprovecha-restos-varios” 😉

Casi-Ferreros de “chocoaguacate”, macadamia y almendra

Ya llegó el día feliz en el que podéis dejar atrás la nostalgia navideña de los ubicuos “ferreros” abarrotados de azúcar y aditivos. He aquí los deliciosos “casi-ferreros” de “chocoaguacate”, nuez de macadamia y almendra picada. ¿A que suena rimbombante? Pues son fáciles a rabiar (¡además de convenientemente paleo, sin gluten, sin azúcar, sin lácteos, sin huevo, low carb y bajos en fructosa!)

¿Qué necesitáis? Pues para una bandejita hermosa, nada más que:

  • un puñado de nueces de macadamia (sustituibles por las sempiternas avellanas)
  • media tableta de chocolate negro y una nuez de mantequilla para derretir
  • almendra picada para rebozar
  • un bolecico de “chocoaguacate”, mezclando:
    • medio aguacate maduro chafadico
    • un par de cucharaditas del chocolate derretido
    • edulcorante al gusto

Cuando tengáis listo el “chocaguacate”, sumergid alegremente las macadamias en el resto del chocolate negro derretido con la mantequilla (para darle más untuosidad).

Dejadlas un ratillo en la nevera para poder manipularlas y… ¡Llegó el feliz momento de embadurnarse de chocolate! Coged una macadamia cubierta de chocolate, cubridla con el “chocoaguacate” y rebozadlas con la almendra picada. Id colocándolas en sus capsulillas para toquetearlas lo mínimo posible. Intentad no probarlas mucho, ¡que no podréis parar!

Hmmm… Quedan super curiosos, con sabor a almendra, macadamia y chocolate pero con un peculiar aire a aguacate. Tre-men-dos. No echaréis de menos los “ferreros” industriales, ¡palabra!

Si os sobrase, además, con una gotita de chocolate derretido a modo de guinda, levantarán suspiros de admiración incluso antes de ser convenientemente catados.

Roedorcitos casi-mazapanes de calabaza rellenos

Nadie en su sano juicio probará estas delicias del bastante-low-carbismo y dedicará siquiera un segundo de su vida a echar de menos a sus primos mazacote-mazapanes navideños… Si miráis más allá de mis limitadas habilidades escultóricas, sabed que en cuanto a textura y sabor… Son de matrícula de honor. O más. Y son ridículamente fáciles, sólo requieren pelín de paciencia y cariño (si elegís los erizos, que los ratoncitos ni eso).

Imaginaos sacando un platillo de roedorcitos de sabroso y jugoso mazapán de calabaza alegremente rellenos de arándanos y/o frambuesas en la sobremesa navideña… El triunfo, os lo digo yo. Si queréis comprobarlo, sabed que para una bandejilla generosa necesitáis:

  • 200g de calabaza cocida
  • un huevo (y una yema para pintar)
  • 200g de almendra molida (¡más o menos! dependerá de lo húmeda que os quede la calabaza)
  • una cucharadita de canela molida
  • edulcorante al gusto (yo le pongo una cucharadita de xylitol)
  • pizquilla de sal
  • piñoncitos para las púas de los ericitos
  • almendras para las orejillas de los ratoncitos
  • arándanos y/o frambuesas

Haced el mazapán mezclando la calabaza desmenuzada con una pizquilla de sal, la canela, el edulcorante, el huevo y la almendra molida. Debe quedar una masa manejable pero no demasiado mazacote (os dificultará la vida durante la manipulación, pero lo agradeceréis cuando los comáis).

Lista la masa, coged una frutilla y cubridla felizmente con ella, dándole la formilla de gota sobre una bandeja con papel de horno. Pintad los casi-roedorcitos con yema de huevo para que se doren bellamente durante el horneado y colocadles las púas y/u orejillas.

Y  al horno con ellos. En 20 minutitos a lo sumo (dependerá del tamaño que les hayáis dado) estarán doraditos por fuera y cociditos y jugositos por dentro. Idealmente, dejadlos enfriar sobre una rejilla para que la humedad de la calabaza tenga por donde huir y no los ablande.

Aconsejo guardarlos bajo llave (o idealmente no probarlos) hasta que lleguen a la mesa… Quedan con una textura parecida al mazapán pero más jugosa y sorprende tanto el sabor como la frescura que aporta la inesperada frutilla.

Están tre-men-dos, infinitamente más sabrosos que los mazapanes tradicionales. He tenido que echar mano de toda mi fuerza de voluntad para no acometer una escabechina de roedores.

Nutricionista, psicóloga y química en proceso. Porque seguro que se me ha ocurrido algún apaño bajo en carbohidratos para aplacar tus anhelos :-)