Lectinas (o muerte por berenjena)

Las plantas, asumámoslo, tampoco quieren ser comidas. Y convendréis en que como todo ser viviente tienen el derecho inalienable a procurarse protección. Las lectinas son su primera línea de defensa: un grupo de proteínas con potencial antinutritivo que pueden provocar algún que otro malestar digestivo/estimular alegremente el sistema inmune/sembrar el caos apocalíptico en el intestino (según la proteína específica y/o a quién leáis).

Las solanáceas (como los pimientos, las berenjenas, los calabacines y los tomates), las patatas, los cereales (en especial trigo y maíz) y las legumbres (incluyendo en este último grupo los cacahuetes y anacardos), contienen lectinas en una cantidad nada desdeñable.

A los acólitos del Dr. Gundry¹ (autor de The Plant Paradox y promotor de la postura apocalíptica) os parecerá poco menos que una incitación al suicidio que os proponga no retirar la piel de la berenjena del raudo-delicioso baba-ganoush o del desayuno low carb XX dado su alto contenido en lectinas.

Si bien no descarto que causen cierto revuelo metabólico, humildemente os diré que no me acaban de convencer las teorías tremendistas que abogan por su efecto tóxico universal y ultra-letal. Sin duda habrá quien sea más sensible a su efecto y deba reducir su consumo,  pero a mí hoy por hoy me sientan estupendamente (no así el azúcar, ni el almidón). ¿Que si cabe dentro de los límites de lo posible que me estén matando lenta y subrepticiamente? Pues sí, desde luego. El stock de premisas que ubico en la categoría de “certeza-absoluta-hasta-el-infinito” no anda muy surtido.

Pero la vida es corta… ¡y algo hay que comer para que no lo sea mucho más! Así que me inclino por posturas más cercanas a la del gran Bruce Ames (una leyenda de la toxicología que sigue en activo con casi 90 años) y su toda la naturaleza es tóxica, depende de la dosis que ingieras y de cómo la metabolices, que algo te nutra o te mate. 

Abogo pues por seguir el criterio de mi bienamada Terry Wahls (médico académica, guerrera incansable y paciente de esclerosis múltiple en remisión) y  su comed verdura a puñaos, pero variadla. Si no inundamos nuestro organismo con dosis consecutivas y reiteradas del mismo tipo de lectinas, tendrá tiempo, moral y recursos para lidiar con ellas tranquilamente (como la especie lleva haciendo muuuchos milenios). Así que hasta que la ciencia dicte veredicto, si el lunes coméis col y cenáis alcachofas, el martes desayunad espárragos, almorzad calabacines y cenad acelgas 🙂

  1. El Dr. Gundry es un famoso cardiólogo americano que recomienda encarecidamente evitar a toda costa los alimentos altos en lectinas. Si bien no puedo más que estar de acuerdo en muchas de sus recomendaciones, me resisto a dejar de comer tomate, pimiento, calabacín o berenjena (bien lavados, eso sí, que los pesticidas no sientan bien a nadie).

Lengua de ternera con ensalada arcoíris (o lo que la hormiga le ofreció a la cigarra)

Siguiendo fielmente los consejos de los sabios, estoy dándole caña a la casquería (que además de ser ultranutritiva y un antiarrugas eficaz de verdad, resulta más que conveniente en épocas de “desafío económico”). Ya veis, todo son ventajas. Además, puedo prometer y prometo que (al menos la lengua de ternera) será inmediatamente adorada por cualquier comedor habitual de carne.

Éste es el ejemplo perfecto de la cena rápida y deliciosa que la laboriosa hormiga (o tu yo en un festivo hacendoso) ofrecería a la perezosa cigarra (o tu yo en un lunes agotador y/o nefasto).

El plan es aprovechar una tarde tranquila de marujeo hormiguil para cocer un par de lenguas de ternera y congelarlas cortadicas en cachillos. Así, el día aciago en que llegues a casa con un cabreo del carajo y/o agotado/a y/o perezoso/a en modo cigarra, puedes apañar felizmente una ensalada ultra veloz y acompañarla con unos buenos cachos de deliciosa lengua ya convenientemente cocinada por tu yo en modo hormiga del pasado.

La verdad es que es una carne jugosa y deliciosa (quien prueba, repite), abarrotada de omega 3 y ciertamente asequible. Éstas son de ternera ecológica del Pirineo (5 eurillos cada una, o sea, 10 por casi tres kilos de carne). Prepararla no tiene ningún secreto: ponedla a cocer con un par de zanahorias, apio, puerro, nabo, chirivía o verde para caldo al gusto. Tranquilamente tardará hora u hora y media según lo grande que sea. Éstas pesaban cerca de un kilo doscientos. Las dejé cocer alrededor de hora y cuarto y luego reposar en el caldo una horilla más mientras seguía marujeando por casa.

Una vez cocida y templada, retirarle la piel es un juego de niños. Imposible que salga mal. Probadla simplemente aliñada (o a la vinagreta): resulta verdaderamente exquisita. Con estas dos lenguas me ha dado para unos 10 platazos de ensalada arcoíris de los de “para compartir”.  Y si sois previsores y congeláis algunos cachos, algún día perezoso vuestro yo del futuro lo agradecerá infinitamente 🙂

Chachi-perrito caliente low carb III (o butifarra envuelta en casi-crêpe de sésamo)

Siguiendo la estela de sus muy apreciados antecesores, los chachi-perrito caliente low carb I (de shiitake) y II (de berenjena), no podía dejar de haceros conocedores de esta joya del low-carbismo más puro. Puedo prometer y prometo que después de uno de éstos estaréis horas y horas saciados y convenientemente nutridos.

Cualquier ansia de comida rápida se convertirá en un vago recuerdo y haréis caso omiso de los efluvios que emanen de las panaderías como un hidalgo enamorado ignora impasible los cantos de las sirenas. Vamos, que llena mucho 😉

No tenéis más que apañar unas casi-crêpes de harina de sésamo (aprovechad para inocularle un pellizco de cúrcuma ultra-antioxidante), untarlas bien con mostaza (que sea de la buena sin azúcar ni aditivos raros) y envolver en ella un buen cacho de butifarra/salchicha (idealmente sin dextrosa ni féculas).

¡Y listo! Marchando un chachi-perrito caliente abarrotado de calcio y ácidos grasos saturados sin gluten, sin lácteos, sin frutos secos, paleo y low carb 😛

Venciendo a la esclerosis múltiple: “The Wahls Protocol” de Terry Wahls

No tengo palabras para describir mi nivel de admiración por esta señora. “Estratosférico” me sabe a poco. La Dra. Wahls es profesora  de medicina clínica en la Universidad de Iowa y una luchadora incansable.

Saltó a la fama con una charla en TED Talks, “Minding your Mitocondria” o Cuidando tus Mitocondria (no dejéis de verla si os defendéis con el inglés). Cuenta su odisea particular desde que fue diagnosticada con una esclerosis múltiple que la sumió en una silla de ruedas, hasta la creación del protocolo que le permitió (contra todo pronóstico) pedalear 25 kilómetros 10 años después.

Como buena médico académica, tras su diagnóstico acudió a la medicina convencional más puntera. Tuvo acceso a los especialistas más afamados y a los fármacos más novedosos, algunos incluso en fase de experimentación. Pero su inexorable declive no cesó.  A pesar de la extenuante y constante fatiga en que la sumía su enfermedad, no se resignaba a perder su movilidad. Empezó a investigar en la literatura científica más actual, buscando estudios que mostrasen mejoría en modelos animales con enfermedades neurodegenerativas,  como el parkinson o el alzheimer.

Día a día, a través de los estudios que leía y la pura autoexperimentación, fue recabando una lista de nutrientes esenciales para reparar el tejido nervioso (en los que comprobó estaba deficitaria). Empezó a implementar en ella misma cambios dietéticos para asegurarse un aporte suficiente de esos nutrientes.

Después de décadas siendo una vegetariana convencida, sustituyó los cereales por verduras frescas y volvió a comer proteína animal. Poco a poco fue viéndose capaz de levantarse de su silla de ruedas y de dar pequeños paseos con un bastón. Meses después podía andar sin ayuda, cada vez distancias más largas. Su mejoría continuó imparable hasta el día en que arrancó  un “tu cerebro está mejor que el mío” a su neurólogo.

El libro (y su autora) son un ejemplo de superación increíble. No tengo palabras para animar con el empeño que merece a todo el mundo (con o sin esclerosis múltiple, pero con esclerosis especialmente) a que le dé una oportunidad a su protocolo. No tenéis nada que perder y mucho que ganar. Esta señora no vende nada, no pretende lucrarse con vuestra esperanza. Todo lo que recomienda en su libro lo cuenta gratis en sus presentaciones en internet. Su protocolo se basa en optimizar la nutrición, fomentar el movimiento y minimizar la exposición a tóxicos y el estrés, elementos clave en todas las autoinmunes (esclerosis múltiple incluida). Para los que no os atreváis con el inglés, ahí va un pequeño resumen de su tesis en cuanto a dieta:

“Eat to heal yourself” o come para sanarte

Los consejos del protocolo Wahls pasan por evitar alimentos  pro-inflamatorios (que se ha demostrado empeoran las enfermedades autoinmunes), como todos los alimentos procesados, el azúcar, los cereales (especialmente los que contienen gluten) y los lácteos. Aboga por una dieta paleo, pero con una cantidad ingente de vegetales (pone especial atención en asegurar grandes cantidades de vitaminas del grupo B, azufre y yodo).

“Vegetables rock” o las verduras molan

Para que os hagáis una idea de la ínfima cantidad de verdura que comemos en comparación con lo que la Dra. Wahls calcula que necesitamos (especialmente si sufrimos de enfermedades autoinmunes), procedo a copiaros lo que recomienda para consumir diariamente:

  • 3 tazas de vegetales de hoja verde (espinacas, acelgas, lechugas de color oscuro, kale, rúcula, canónigos…)
  • 3 tazas de vegetales ricos en azufre (setas, crucíferas como col, coliflor, brócoli, col lombarda, coles de Bruselas, espárragos, cebollas, ajos, puerros…)
  • 3 tazas de frutas y verduras de colores surtidos e intensos (pimientos, tomates, pepinos, fresas, arándanos, frambuesas, melocotones, kiwis…)

Además, aboga por el consumo diario de vegetales fermentados, frutos secos, semillas, proteína animal en forma de carne (a ser posible ecológica sin hormonas ni antibióticos) y casquería o pescado (salvaje e idealmente de pequeño tamaño para evitar el mercurio).

Recomienda consumir diariamente tanto leche de coco (de la que no lleva azúcar pero sí toda su grasa), como aceite de coco (está pues de acuerdo con el gran Dr. Perlmutter -quien de hecho describe este libro como “un faro de esperanza”- en que el aceite de coco es un “supercombustible” para el cerebro). También aboga por hacerle un hueco en la dieta al inestimable yodo que aportan las algas.

No os extrañéis si las primeras semanas os encontráis fatal: el incremento en la cantidad de fibra y el proceso de detoxificación subsiguiente a la enorme cantidad de antioxidantes que aporta esta dieta puede tener efectos desagradables. Ello no significa que no sea un cambio para bien, sino que vuestra microbiota está cambiando para adaptarse a la creciente cantidad de fibra que consumís y que vuestro cuerpo está expulsando toxinas acumuladas.

“Fertilize your gut garden” o fertiliza tu jardín intestinal

También está de acuerdo con otro sabio, mi muy admirado Dr. Fasano (líder mundial en el estudio de las autoinmunes y de la celiquía en particular) en que el microbioma intestinal es el director de orquestra de las autoinmunes. Estudios con modelos animales demuestran que cambios en el microbioma provocan a su vez cambios en la expresión de los genes que regulan la reparación de la mielina. Sí, habéis leído bien. Independientemente de que tengáis una predisposición genética a la esclerosis múltiple (como yo la tengo a la diabetes por mi síndrome de ovario poliquístico), de vuestro estilo de vida depende que ésta surja o empeore. Dejad atrás el pan, la pasta, los cereales (integrales o no), las pizzas, los dulces y todo lo que venga en un envase con una larga lista de ingredientes. Probad una temporada a darle a vuestra microbiota comida de verdad. Cocinad. Creo que lo que podéis ganar sobrepasa con mucho lo que podéis perder.

A día de hoy, la Dra. Wahls ha ayudado a infinidad de pacientes a encontrarse mejor y a poner trabas al avance de la enfermedad. Le he oído decir que ahora considera su propia esclerosis múltiple un profundo regalo del destino. Vive enfrascada lidiando su lucha particular para que su protocolo sea parte del tratamiento convencional de la esclerosis. Y poco a poco, ese feliz día se va acercando conforme va consiguiendo más evidencia científica que lo respalda.

Ella misma suele citar este proverbio chino:

El médico superior previene enfermedades, el médico mediocre trata enfermedades inminentes y el médico inferior trata enfermedades existentes.

Y confiesa haber sido una médico “inferior” durante la mayor parte de su carrera, rozando lo “mediocre” en alguna ocasión. Ahora que está luchando por divulgar su protocolo, sin embargo, empieza a considerarse una médico “superior”. Si me permitís, yo la ubico mejor en la categoría de “sobresaliente”. Desde aquí, mi conmovida ovación para ella.

Raudo-estofado de asadura de cordero (o lo que Sancho Panza le pidió al mesonero)

He aquí un plato que, por tradición, habría hecho las delicias del hidalgo don Quijote y su fiel escudero Sancho Panza en un vetusto mesón medieval manchego y, por sabor, cabría holgadamente en un menú degustación dedicado a la casquería antiarrugas en el celebérrimo Arzak.

Se llama “asadura del cordero” al pack de sus vísceras, especialmente los pulmones y el corazón. Un corte ultra-asequible pero exquisito si no os amedrentáis por cocinarlo.

Podéis reservar el corazón para hacer felizmente a la plancha y estofar el resto, o incluirlo todo con alegría, bien cortadito en cachos generosos. Ésta será la primera decisión a tomar.

Llegados a este punto tendréis que tomar la segunda decisión: negociar con vosotros mismos a tres bandas, en cuanto a retirar bronquios y cachillos de tráquea. Las opciones son dos:

  • yo de ahora:
    1. “qué pereza molestarme en retirar cada cartílago”
    2. “mejor los quito que cuando me lo coma lo agradeceré”
  • yo de cuando me lo coma:
    1. “está delicioso, incluso con este crec-crec cartilaginoso”
    2. “qué rico está y qué textura tan suave y agradable tiene”
  • yo de cuando me mire al espejo al día siguiente:
    1. “qué bien me sienta el chute de colágeno que me metí hinchándome a cartílago”
    2. “malditas patas de gallo… debería comer más colágeno”

En mi caso confieso que siempre gana el (1) y lo incluyo todo felizmente, pero según el día/tipo de comensales que tengáis, ¡os sale a cuenta negociar!

Una vez tomadas ambas decisiones, sabed que para vuestro perolo particular de raudo-estofado necesitaréis:

  • asadura de cordero cortada a cachos generosos
  • una cebolla hermosa picada
  • un cacho de pimiento verde o rojo (obviable pero recomendable)
  • un vaso de vino tinto
  • hojilla de laurel (y ramilla de romero si tenéis)
  • picada (puñaíco de almendras, un diente de ajo y algo de perejil)
  • sal, pimienta y aceite de oliva

Como en toda buena receta tradicional que se precie, se empieza por hacer un sofrito con la cebolla y el pimiento en un chorrillo de aceite de oliva.

Cuando empieza a dorarse, se añaden los cachos de asadura, se salpimentan y se dejan sellar tranquilamente.

Cuando la carne esté doradica, se añade el vino, el laurel (y el romero) y se deja cocer unos minutos hasta que se evapore el vino.

Momento ya de cubrirlo con agua hasta la mitad y dejarlo a fuego lento una media horica bien buena. Podéis aprovechar para ir preparando la insigne picada, que no sólo le aportará un sabor exquisito, también dará textura a la salsa.

Pasada la media horica, añadid la picada y dadle un garbeo unos minutejillos más. Y lo tendréis listo para saciar tanto estómagos hambrientos como corazones anhelantes de Dulcineas poco dispuestas.

Creedme si os digo que si vencéis las reticencias que podáis tener, el resultado os sorprenderá y el estofado del mesonero manchego hará las delicias de los más reacios (lo sepan o no 😉 ). Os diré que es de las pocas recetas que realmente me han hecho pensar: “lástima no poder mojar pan”!

Tartaleta de higos y yogur de oveja bastante low carb

He aquí la escolta perfecta para aventurarse a pedir perdón, amor o dinero. Apuesto mi asignación mensual de tremendo-yogur de oveja Cantero de Letur a que con esta tartaleta conseguiréis desarmar los corazones más duros de roer.

Desde luego mis recelos se esfumarían ante cualquier petición que viniera acompañada de un buen cacho de esta delicia. Así que como una nunca sabe qué le deparará la batalla, más vale prevenir y llamar a la puerta con una de éstas cuando seáis vosotros los que amanezcáis pedigüeños 😬

No la incluyo en la categoría low carb porque el higo tiene una cantidad nada desdeñable de azúcar, pero cabe con holgura en la de bastante low carb o para ocasiones especiales. Para hacerla, necesitáis:

  • masa quebrada low carb edulcorada (yo hoy he sustituido la harina de coco por semillas de lino molidas por motivos de mera disponibilidad con un resultado más que óptimo)
  • yogur de oveja (o el que buenamente prefiráis)
  • casi-mermelada de higos
  • higos frescos

Haced la tartaleta con la masa quebrada y horneadla en un molde enmantequillado. Dejadla enfriar y rellenadla generosamente con la mezcla de yogur y casi-mermelada (¡guardad una cucharada de casi-mermelada para la cobertura!)

Cortad los higos en tajadiñas y colocadlas sobre el yogur. Pintadlos un poquiño con la casi-mermelada que habéis reservado. Alejaos un poco para pillar algo de perspectiva. Respirad hondo y contemplad la belleza de vuestra obra. Sumergíos unos minutos en vuestro síndrome de Stendhal particular. Ay… Así sí.

Guardadlo en la nevera hasta el momento del soborno. Esperad a que lo prueben antes de poneros en plan pedigüeño para maximizar el efecto. No puedo aseguraros que os digan que sí, pero sí que les costará horrores decir que no 😉

Shawarma low carb con salsa-taratur-en-un-minuto

A pesar de que solemos equiparar el shawarma con comida rápida de escaso valor nutritivo, lo cierto es que si sabemos qué lleva (básicamente porque lo hemos hecho nosotros 🙂 ) es una opción raudo-veloz y estupenda para saciar estómagos vacíos con aspiraciones de crítico gastronómico, poco tiempo y/o congeladores surtidos  de restos cárnicos varios en pequeñas dosis.

Por supuesto, podéis optar por destinar la carne especialmente a esto y adobarla en crudo, aunque yo confieso que me resulta más conveniente hacer shawarma para aprovechar restos (queda estupendo con cualquier carne asada, rustida o a la plancha, como las miajillas de paletilla de cordero asada que os pudieran sobrar).

Si optáis por la primera opción, sabed que hay tantas recetas de adobo como libros de cocina/chefs pro-shawarma, aunque todas parecen llevar zumo de limón, sal, ajo machacado, canela, comino, pimienta, clavo y cilantro en mayor o menor medida.

Si optáis por la vía rápida de “aquí no se tira nada”, la cosa se simplifica. Siendo sincera, sabed que yo preparo la carne simplemente dándole un toque de sartén con aceite, una pizca de mezcla de especias para tajín y sal (ya echo ajo y zumo limón a la salsa). Así me ahorro el tiempo de adobado y además convierto carnes poco vistosas en una hermosa delicia sabrosa y nutritiva.

Ya veis qué rápido resulta haciéndolo así. ¡Y hasta la fecha no he recibido crítica alguna! En un minuto la carne estará lista para ser felizmente envuelta en unas casi-crêpes de sésamo con lechuga, pimiento, tomate, cebolleta o lo que buenamente tengáis en la nevera.

El único secreto para que cualquier resto carne os quede delicioso a modo de shawarma es la ultra-veloz salsa taratur de yogur y sésamo. Es todo un hallazgo y le da ese je-ne-sais-quoi fresco y untuoso (además de ser un portento de calcio, vitaminas y antioxidantes).

Para hacer vuestra salsa-taratur-en-un-minuto (que resulta perfecta para eludir vampiros y desgracias coronarias varias sin que el sabor a ajo destaque demasiado), sólo tenéis que triturar:

  • 2 cucharadas de yogur (con el de oveja queda brutal)
  • 1 cucharadita de tahine (o crema de sésamo)
  • ajo, zumo de limón, sal y pimienta al gusto

¡Y listo! En poco más de 10 minutos (más que nada por los 2 que os llevará hacer las casi-crêpes), tendréis una cena ultra-nutritiva que os permitirá aprovechar restos varios de carne y acercaros a vuestra dosis de ajo semanal recomendada.

Tarta de zanahoria bastante low carb (o qué llevar a ver la aurora boreal)

Esta celebrada versión de tarta de zanahoria va para ti, Dan, gracias.

Corría la víspera del 2 de febrero de 2015 (el que iba a ser mi 34 cumpleaños), en un lugar indeterminado a las afueras de Tromsø, Noruega, a tiro de piedra del polo norte.

Dan Steinbakk, un experto cazador de auroras boreales, nos prestó a mi adorada madre y a mí sendos monos rojos muy poco favorecedores con el fin de que sobreviviéramos algunas horas al invierno polar.

Desde aquí decreto mi amor eterno por este señor: no sólo consiguió que viéramos una aurora asombrosa, también nos mantuvo con vida durante las casi 8 horas que pasamos esperándola a 30º bajo cero. Allí, tiritando junto al fuego, probé (y adoré inmediatamente) su delicioso pastel de zanahoria casero. Era denso, reconfortante, jugoso y tenía un vigorizante sabor a canela.

Ésta es mi versión sin gluten y bastante low carb (básicamente porque la zanahoria en sí no puede llamarse low carb). Si queréis llevarlo a modo de kit de supervivencia a lo que preveáis una noche larga y fría, sabed que para un minimolde de 10cm caen:

  • 1 zanahoria hermosa cocida y chafada
  • 1 huevo
  • 1 cucharada de aceite de coco (se puede sustituir por mantequilla o aceite de oliva)
  • 4 cucharadas de almendra molida
  • media cucharadita de bicarbonato
  • un pellizco de sal
  • una cucharadita de canela en polvo
  • edulcorante al gusto (yo le echo sólo una cucharadita de café de xylitol o de tagatosa, que la zanahoria ya es muy dulce)

El proceso es el de siempre: mezcladlo todo con cariño (clara a punto de nieve) y hornead a 180ºC hasta que se dore la superficie, se separe el bizcocho de los bordes y/o el palillo salga limpio. Veréis qué aroma invade la cocina… Queda brutal templadito con un buen té 😉

Si vais a Tromsø con la esperanza de contemplar la aurora, no dudéis en acudir a Dan. Si existe la más mínima posibilidad de que la veáis, la veréis. Os prestará el mono rojo de ir a Marte y os encenderá un fuego. Os contará tanto lo que dice la ciencia como las antiguas leyendas saami. Os hará fotos cuando el frío anule la batería de vuestras cámaras (él la lleva en sus calzoncillos). Y os mantendrá satisfechos y con vida a base de crema de verduras picante y un memorable pastel de zanahorias.

Pócima low carb para el desamor o tremendo-yogur de oveja con casi-mermelada de higos

Quien diga que una dieta low carb y un desengaño amoroso épico son incompatibles, no ha probado este prodigio bajo en carbohidratos: untuoso yogur con mermelada low carb. Resulta absolutamente delicioso y dulzón pero con un toque ácido… Os aseguro que aliviará el desamor más lacerante y os hará olvidar el mítico helado con caramelo.

El abanico de versiones de pócima low carb para el desamor es tan amplio como variados los low-carbistas afligidos (y lo que tengan en la nevera cuando la amargura aflore), así que no dudéis en adaptarla convenientemente. Dicho esto, hoy yo he optado por el tremendo-yogur de oveja de Cantero de Letur (un portento de exquisitez en sí mismo) con una cucharada de casi-mermelada de higos low carb.

Como mi porrazo ha sido “nivel defenestración”, además he incluido con toda alevosía unos piñones y un higo extra: un llena-vacíos eficaz y delicioso. No diré que se olvida una del batacazo, pero sí que ayuda mucho a relativizarlo 😉

“Trinxat de col” low carb

El trinxat de col es un plato tradicional de col frita con panceta curada y ajo, típico del Pirineo catalán. Normalmente lleva patata cocida, pero la he obviado por la causa low carb. ¡Y no se echa de menos!

Es una receta muy sencilla. Empezad por limpiar la col (lavándola en agua con vinagre y retirando las partes más duras) y cocerla.

Seguid por freír la panceta y un par de ajos enteros en un chorrillo de aceite de oliva. Retirad la panceta cuando esté crujiente antes de echar la col para que no se ablande.  Freíd la col bien escurrida un ratillo, reincorporad la panceta y salpimentad. ¡Listo! Veréis como nadie echa de menos la patata…