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Nutricionista, psicóloga y cocinillas apasionada (además de feliz superviviente de cáncer, insulinorresistente con síndrome de ovario poliquístico y ex-gorda-depresiva-polimedicada)

Alcachofas con almejas (o «hablando de obsesiones…)

1 octubre, 2018

Alcachofas con almejas (o «hablando de obsesiones…)

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… he aquí una de las mías». Si mi irresistible kryptonita es el soberbio romesco de mi adorada madre, una de las delicias que encabezan la lista de mis confesas obsesiones son las alcachofas con almejas. Puede que no ganasen la banda a Miss Fotogenia, pero puedo atestiguar que en un concurso a ciegas de sabor, carisma y nutrición, arrollarían a (casi) cualquier belleza que se les pusiera por delante.

 

 

Y es que si algún día monto una cena a oscuras (cosa que haré así que consiga engañar a algún pobre incauto), podéis estar seguros de que las elegiré como primer plato. Vamos, que no quedan bien en las fotos, ni son especialmente bonitas, pero están buenísimas 😀

Además son muy fáciles de hacer y no requerirán (una vez remojadas las almejas) más de media horica de vuestro valioso tiempo. Y eso si, como yo, no os arriesgáis a cocerlas «al unísono», que si os va el rollo temerario, en 20 minutejos de nada las tendréis.

 

 

Y es que como buena obsesiva que soy, no me aventuro a abrir las almejas al mismo tiempo (y en la misma cazuela) que cocino las alcachofas. Admito que es menos eficiente en tiempo y/o cacharros, pero el rendimiento final lo compensa… ¡no querréis llevar a la mesa una delicia potencial con arenilla!

Así que yo recomiendo primero «almejizar» y luego «alcachofizar», para finalmente «almeji-alcachofizar» alegremente (con todo el sabor y sin arenilla). Pero, como todo consejo, puede ser convenientemente ignorado.

 

 

Si os decidís a probarlas, veréis que es una receta con el encanto (y el proceder) típico de las propias del recetario tradicional. Para un par de platos, yo me haría con:

  • medio kilillo de almeja bien fresca y bonita
  • ocho alcachofas hermosas (si la cena no es a oscuras, una la reservaría y la colocaría a modo de «chip» para decorar)
  • una cebolla (de las que lloras y lloras) rallada
  • una picada hecha con un ajo, un manojillo de perejil y un puñadito de algún fruto seco que tengáis por ahí (yo le suelo echar piñones)
  • aceite, sal, pimienta, hoja de laurel y chorrillo de vino blanco

 

 

Para empezar, habría que poner en remojo las almejas un buen rato para que echen la arenilla que puedan tener (sí, ya os decía yo que soy pelín obsesiva, aunque en las entrevistas de trabajo digo que «soy perfeccionista y presto gran atención al detalle») 😀 Tirad las que floten, ¡no querréis perder dos días con gastroenteritis por aprovechar una o dos!

Si seguís mi consejo, tenéis que empezar por abrir las almejas des-arenadas. Simplemente colocadlas en una cazuela con una hoja de laurel y un chorrillo de vino blanco a fuego lento. En pocos minutos, se abrirán (id retirándolas conforme lo hagan y tirad las que se obstinen en mantenerse cerradas). Colad el caldo que hayan dejado y guardadlo como oro en paño para luego. ¡Fase A superada! Vamos a por la B.

 

 

Poned a sofreír la cebolla en un chorrillo de aceite de oliva mientras limpiáis las alcachofas. Cuando huela a deliciosa cebollita sofrita, añadídselas y regadlo todo con el caldiño de las almejas y medio vasico de agua. Tapadlo y dejadlo cocinar unos 10 o 15 minutejos (según lo gordas que hayáis cortado las alcachofas). Id removiendo de vez en cuando no vaya a ser que se os queme.

Ahora es el momento de preparar la picada y de freír las chips (¡dejadlas en un colador para que no se ablanden mientras acabáis el guiso!)

Destapad, echad la picada, dadle cuatro garbeos más y añadid las almejas. Yo suelo sacarlas de la cáscara y dejar solo 3 o 4 enteras a modo de decoración: quedan muy monas pero son poco útiles a la hora de comer (¡especialmente si la cena va a ser a oscuras!)

 

 

Apuesto a que a vosotros tampoco os importará que no sean arrebatadoramente bellas cuando las probéis.

Y es que, a pesar de lo que pueda parecer, mi umbral de obsesión es muy alto. Vamos, que no me obsesiono tan fácilmente, sino que me reservo para objetivos que realmente valen la pena. Y este, desde luego, la vale (y mucho).



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