Nutricionista, psicóloga y cocinillas apasionada (además de feliz superviviente de cáncer, insulinorresistente con síndrome de ovario poliquístico y ex-gorda-depresiva-polimedicada)

Cúrcuma (o «la piedra filosofal hecha raíz»)

13 octubre, 2018

Cúrcuma (o «la piedra filosofal hecha raíz»)

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Apuesto a que todos sabéis qué es la mítica piedra filosofal, esa sustancia alquímica legendaria capaz de convertir cualquier metal en oro y de conceder la inmortalidad a su afortunado poseedor. ¿A que suena apetitosa? Pues no solo existe, sino que está al alcance de todos (al menos en su versión light, con propiedades pelín más terrenales pero casi igual de fabulosas). Es esa bella raíz de color intenso y suave sabor dulzón: la aromática cúrcuma.

Puede que no nos haga inmortales, pero sin duda contribuirá a que disfrutemos de un envidiable envejecimiento tardío. Y en cuanto al poder de convertir metales diversos en oro… sabed que con apenas un pellizquillo de cúrcuma en polvo, teñiréis de un bello color amarillo anaranjado cualquier delicia poco vistosa.

 

Especias, auténticas bombas nutri-medicinales

Aunque yo también me escudo de vez en cuando en el socorrido «mmm… tomaré una copita de vino tinto, que tiene resveratrol» 😀, sabed que su fama de poción anti-envejecimiento jamás se ha evidenciado más que in vitro¹ y poquito. De hecho, a quienes han intentado embotellar su magia les ha salido el tiro por la culata.

(1). [Sus efectos antioxidantes apenas se han demostrado más que en cultivos celulares y a menudo recurriendo a concentraciones suprafisiológicas (que no se pueden alcanzar en las células de un organismo vivo aunque lo untemos, rebocemos y bañemos en resveratrol)]

Las especias, por el contrario, han hecho correr ríos y ríos de tinta (en publicaciones científicas de renombre y por parte de señor@s muy leíd@s y con doctorados varios) por sus habilidades antioxidantes, antiinflamatorias y anticancerígenas.

 

 

Y es que las especias rebosan fitoquímicos, ese bello y revelador apelativo que engloba a los distintos compuestos presentes en las plantas. Y no solo les aportan unos sabores y aromas únicos, sino que son agentes bioquímicos con un potencial enorme (que se lo digan a los chamanes, que llevan sacando aspirina de las cortezas de sauce desde el inicio de los tiempos). Sus «superpoderes» radican, entre otras habilidades, en que pueden arengar al sistema inmune, aniquilar virus y bacterias, reducir la inflamación sistémica crónica, modular coreografías hormonales e incluso obstaculizar la proliferación de células cancerosas.

Y, dentro del abanico de especias con probadas propiedades saludables (junto a la canela y el jengibre), la cúrcuma (una prima hermana de este último), es la que más entusiasmo levanta (y la que ha llenado más páginas repletas de pasión).

 

Curcumina, la esencia mágica de la piedra filosofal

La última responsable del poder «litofilosofal» de la cúrcuma es la curcumina, su compuesto bioactivo estrella, un polifenol que constituye cerca del 5% de la raíz. Esta fascinante molécula merecería el título de campeona mundial de la pleiotropía². A pesar de su modestia, sabed que no se limita a luchar en una categoría, sino que es cinturón negro en una miríada de artes marciales³. Y es que la curcumina es antioxidante, antiinflamatoria, antitumoral, antiartrítica, anti-aterosclerótica, antidepresiva, anti-envejecimiento, antidiabética antimicrobiana, además de promotora de una memoria y de un buen humor envidiables. 

(2). [Es pleiotrópica, pero en su vertiente buena, no como las ubicuas estatinas que se prescriben para reducir el colesterol, que son esencialmente malas y tienen efectos secundarios peores aún.]

(3). [En el caso del cáncer, por ejemplo, existe evidencia de que la curcumina obstaculiza tanto la proliferación celular como la angiogénesis (la formación de nuevos vasos sanguíneos que se crean para nutrir a las células tumorales en expansión), al tiempo que promueve la apoptosis (el suicidio celular), bloqueando así el crecimiento tumoral y la metástasis.]

 

 

Los mecanismos fisiológicos subyacentes a la magia

Sabemos que la piedra angular del cáncer  y de otras enfermedades no transmisibles (como la diabetes, la hipertensión o el alzhéimer) son el estrés oxidativo (la acumulación de radicales libres en los tejidos), la resistencia a la insulina (o «la caja de Pandora» de las patologías crónicas) y la inflamación sistémica crónica (causada básicamente por una dieta y un descanso inadecuados, el estrés crónico, el sedentarismo o la exposición a tóxicos, incluido el tabaco). He aquí el quid de la cuestión: la curcumina ataca (como mínimo) a tres bandos: reduce la inflamación, aumenta la sensibilidad a la insulina (por sus propiedades hipoglucemiantes) y ejerce de poderoso antioxidante (neutralizando esos dichosos radicales libres).

¿A que suena a «ungüento amarillo»? Pues quizás sí, pero este es verídico y está científicamente más que probado. Así que, a pesar de que yo también tiendo a desconfiar de afirmaciones de tal calibre, debo rendirme ante la evidencia, porque ya es arrolladora. 

Para que os hagáis una idea de la magnitud del interés, sabed que una mera búsqueda de literatura científica limitada a los últimos ocho años con el criterio «turmeric» AND «inflammation» OR «cancer» (que básicamente pretende obtener las publicaciones que incluyan las palabras «cúrcuma» e «inflamación» o «cáncer») en MEDLINE (un motor de búsqueda de artículos científicos publicados en la investigación médica), ¡arroja nada más y nada menos que 927.709 referencias!

Y, más allá de la curcumina (su molécula estrella indiscutible), la cúrcuma contiene cerca de un centenar de compuestos con propiedades saludables. Hasta la fecha, se han comprobado efectos antiinflamatorios en 37 de ellos, antioxidantes en 27, antibióticos en 20 y anticáncer en 29. Y es que cúrcuma y curcumina no son lo mismo (y, químicamente, menos). La cúrcuma es un compendio de fitoquímicos con una solubilidad reducida en agua, mientras que la susodicha curcumina, es extremadamente hidrofóbica y lipofílica (o rotundamente insoluble en agua pero muy amiga de las grasas).

 

El mítico pipí de oro

Y, precisamente, en ello radica que la asombrosa curcumina tenga un pequeño inconveniente. Como la propia magia, tiene una gran habilidad para escurrirse entre nuestros dedos (o a través de nuestro sistema de evacuación). Y es que su biodisponibilidad (o el grado en el que la absorbemos), es bastante reducida.

 

 

Nuestro cuerpo dispone de unos muy eficientes mecanismos para librarnos de sustancias insolubles en agua (muchas de ellas son tóxicas, por lo que la política de disparar primero y preguntar después tiene cierto sentido evolutivo). A pesar de que la curcumina no lo sea, el hígado la metaboliza rápidamente como tal (por si acaso, que diría aquel) y la envuelve con un lacito para ser convenientemente excretada. De ahí su pobre biodisponibilidad.

 

Cúrcuma es a curcumina como pimienta es a piperina

Habréis visto por ahí los suplementos de curcumina con extracto de pimienta, que supuestamente aumenta su biodisponibilidad en un 2.000%. La teoría de base redunda en la piperina, un potente alcaloide capaz de inhibir las enzimas hepáticas que metabolizan la curcumina (de manera que esta última permanece más tiempo en el torrente sanguíneo y aumenta su biodisponibilidad). Aquí viene el «pero«. Estas enzimas son las mismas que nos libran de un amplio espectro de herbicidas, pesticidas, hidrocarburos y contaminantes ambientales varios, como las toxinas que expelen los tubos de escape. Así que eso de tomar suplementos que les impiden ejercer su labor no me acaba de emocionar.

¿Quiere esto decir que no debemos tomar pimienta? No, ni por asomo. La piperina apenas contribuye con un 5% a la composición de esta exquisita especia (que, por otro lado, tampoco se queda precisamente corta en propiedades saludables).

Dicho esto, no existe evidencia de que la curcumina contenida en la cúrcuma, cuando se toma con alimentos (idealmente grasos) tenga baja biodisponibilidad. Así que, hasta que la tecnología de las nanopartículas de curcumina (sí, ¡está al caer!) acabe de desarrollarse, yo optaría por un buen curry de pollo ultra fácil (como este) y por añadir cúrcuma y pimienta a guisos, sofritos, huevos y preparados caseros comestibles diversos.

Y es que, plagiando a Kitty Wells, apasionada de las especias (quien, por cierto, abandonó una fructífera carrera en Silicon Valley para dedicarse a estudiarlas), la cúrcuma es el medicamento más alucinante. Y, a diferencia de los farmacológicos, no tiene más efectos colaterales que ese bello color dorado con el que teñirá todo lo que se le ponga por delante.

 

Los curiosos y apasionados de la causa, ved aquí las referencias utilizadas en mi perorata anterior.


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