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PORQUE LOS GENES NO SON UNA CONDENA VITALICIA

Nutricionista, psicóloga y química en proceso (además de feliz superviviente de cáncer, insulinorresistente con síndrome de ovario poliquístico y EX-gorda-depresiva-polimedicada)

Gachas de no-avena (o “no sé cómo podía vivir antes”)

4 noviembre, 2018

Gachas de no-avena (o “no sé cómo podía vivir antes”)

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Confieso que, en mis años pre-épicos, fui adicta durante varios inviernos a un preparado de gachas de avena con un “dulcérrimo” sabor a canela. Era uno de esos procesados ultra-convenientes que se hacen solos. Lo metía en el microondas mientras elegía qué ropa me ponía y me vestía mientras lo dejaba templar. Y sí, también lo echaba de menos… hasta hoy.

He aquí otra delicia tachada de mi “lista de morriñas” y añadida a la de “apaños épicos”. Pero esta no es mérito mío, sino de la Charlie Foundation (una organización sin ánimo de lucro que se dedica a divulgar las bondades de la dieta cetogénica como tratamiento de la epilepsia). Y, a pesar de mi desmedida verborrea habitual, no tengo palabras para darles las gracias con el entusiasmo que merece esta maravilla de apaño.

 

 

No solo queda con la misma textura densa, cremosa y reconfortante que las gachas de avena tradicionales, sino que se hace en un minuto y también es felizmente sosete, así que acepta cualquier aroma o aderezo que tengamos a mano/nos apetezca.

Y es que, aunque soy fan de los huevos para desayunar, admito que hay días en los que no tengo tiempo de prepararlos y/o me levanto con un hambre canina y me apetece algo más sustancioso que un café a prueba de balas. Pues ahora ya sé qué caerá.

 

 

Para un alegre bol de gachas de no-avena, solo hay que mezclar leche de coco con semillas de lino molidas. Para mi textura ideal, densa pero cremosa, han caído un tercio de lata de las de 400g y 3 cucharadas de lino. Mezcladlo un pelín y al microondas con ello. En apenas un minuto a máxima potencia se habrá hecho la magia y tendréis una suerte de magma comestible, perfecto para desayunar en mañanas frías o apresuradas.

Llegados a este punto, solo queda removerlo un poquillo y añadir los “extras” que hayáis dispuesto (y algo de edulcorante* si no comulgáis con los estoicos del dulce**). Recomiendo encarecidamente un toqueciño de canela (idealmente, que sea de la verdadera que no daña el hígado), unas nueces de Macadamia y unas frutiñas del bosque.

(*) Si tenéis dudas sobre la conveniencia del uso de edulcorantes en una dieta anti-inflamatoria, ved Edulcorantes: El Dilema, ¡y decidid!

 

 

(**). Será que los años sin azúcar ya han hecho mella en mis papilas, pero a día de hoy una mandarina me sabe a golosina hiperdulce y el chocolate 100% curiosamente dulzón, así que (a falta de una denominación mejor) me he auto-nombrado estoica del dulce.

Sabed que este bol me ha mantenido saciada y feliz hasta pasadas las tres de la tarde (y que he salido a la calle apenas tocadas las seis de la mañana).

En cuanto a magia y a hallazgos del tipo “no sé cómo podía vivir antes”, este apaño ajeno se lleva la palma.

 



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