No compres más papeletas para la rifa de las demencias.
Una verdad incontestable que tendíamos a «saber» es que no tenemos ningún tipo de poder sobre el giro de la implacable ruleta de la fortuna que reparte esas devastadoras demencias (como el inclemente alzhéimer) y demás patologías neurodegenerativas. Y esto lo «sabíamos» porque asumimos que sus principales factores de riesgo (que son la edad, la genética y el rendimiento del metabolismo cerebral), por desgracia, se escapan a nuestro control. Nos invadía una impotencia atroz ante la posibilidad de que estas crueles enfermedades llamasen a la puerta y condicionasen no solo nuestra vida y porvenir, sino los de toda la familia. Y aunque este pavor aumente conforme las velas empiezan a acumularse sobre el pastel de cumpleaños y se acentúe ante el conocimiento de que, muy a nuestro pesar, la genética que nos ha tocado en suerte no será precisamente una ayuda o un aliado en esta contienda, poco podíamos hacer. Nos limitábamos a ver girar esa proverbial ruleta de la suerte como meros espectadores pasivos y a cruzar los dedos, con más desasosiego y aprensión cada año que pasaba, porque también «sabíamos» que no podemos influir sobre ella… hasta ahora.
Ni el despiadado alzhéimer ni las demás demencias tienen cura todavía, pero hoy sabemos que se pueden prevenir. Y, afortunadamente, también sabemos cómo. La genética es responsable de apenas el 5% de las demencias, de manera que hasta el 95% de ellas se podrían retrasar significativamente o eludir por completo. Así que no somos meros espectadores pasivos de una implacable ruleta de la fortuna, sino que nuestras probabilidades de tener que asumir ese devastador diagnóstico dentro de veinte años dependen casi en su totalidad de nosotros. Las decisiones que tomamos hoy, desde qué comemos, hasta cómo dormimos o cuánto nos movemos, ya está o bien protegiendo, o bien atacando nuestro cerebro. Y aunque el mejor día para empezar a cuidarlo quizás fuera hace veinte años, el segundo mejor día… es hoy.
