Confieso que soy una rotunda fanática de las coles de Bruselas (recurro a ellas alegremente incluso para desayunar), así que no necesito aderezarlas (léase «disfrazarlas») en absoluto. Dicho esto, entiendo que su sabor amarguillo puede desanimar a comensales menos entregados, pero pueden resultar un manjar de dioses si las apañamos un poquillo.
A vosotros (y a los demás también, que son una exquisitez cuando aprendes a amarlas), os recomiendo encarecidamente que le deis una oportunidad a esta delicia de brochetas. Prometo que (aunque quizás no saltaréis sobre ellas recién levantados) así sí os pimplaréis felices algunas de estas sabrosas crucíferas.
Si te decides a probarlas, cuenta que, además, el procedimiento no puede ser más simple.
Cuece las coles de Bruselas (yo las hago en la vaporera para micro con un pelín de agua en 5 minutos) y ensártalas en un brocheta con una vieira ya limpia. Si son de madera, mójalas antes para evitar que se quemen al cocinarlas. Y si las vieiras fueran tamaño «papá oso» como las que me he regalado hoy, dales un garbeíllo previo a la «ensartación» para que queden bien hechas.
Salpimenta y pasa las brochetas por la plancha hasta que el medalloncito de vieira quede dorado. Están de vicio recién hechas.
El amargo de la col y el dulzor de la vieira maridan a la perfección. Y reitero que son perfectas para que los paladares poco amantes de las coles de Bruselas se reconcilien con ellas y empiecen a amarlas… ¡que la vida es demasiado corta para perder tiempo y energía guardando rencores! Y las coles de Bruselas tienen tanto que aportar… si les dejamos, claro 😊
¿Conoces los secretos escabrosos del trigo?
Los cuento en este capítulo del cursillo.
¿Te ha gustado? Pues echa un ojo al resto del programa en Dieta y Estado de Ánimo.
