Nutricionista, psicóloga y cocinillas apasionada (además de feliz superviviente de cáncer, insulinorresistente con síndrome de ovario poliquístico y ex-gorda-depresiva-polimedicada)

Histamina (o «muerte por delicatessen»)

22 julio, 2018

Histamina (o «muerte por delicatessen»)

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¿Habéis oído hablar de la intolerancia a la histamina? La provoca la ingesta de alimentos que no son completamente frescos (como carne embutida o envejecida, vegetales fermentados o encurtidos, pescados ahumados o en salazón y lácteos preservados en forma de yogures o quesos curados).

Su contenido en histamina aumenta exponencialmente conforme las bacterias presentes fermentan las proteínas que los conforman, así que cuanto más envejecidos están (lo que a menudo implica que también son más caros), más histamina contienen y peor sientan a los intolerantes. De ahí el apodo (que, siendo concisos, un purista del lenguaje médico suavizaría como «malestar») de «muerte por delicatessen«: las viandas con más histamina son aquellas que esperaríamos encontrar en una charcutería de lujo (y que maridaríamos con una copa de cava, echando de paso más leña al fuego).

En especial las mujeres que padezcáis dolores de cabeza frecuentes y sospechéis que os aqueja una pre-menopausia precoz, por favor, seguid leyendo. La intolerancia a la histamina es más común en las mujeres porque la histamina y los estrógenos se retroalimentan mútuamente. Es una fuente enorme de desasosiego y la responsable de una miríada de síntomas que, sin embargo, pueden atajarse fácilmente una vez detectada su causa primaria. Si tenemos en cuenta que solo en España se estima que la sufren un mínimo de medio millón de personas, bien merece la pena que empecemos a considerarla.

 

 

Como ocurre con otras intolerancias causadas por alimentos y/o químicos (como la ubicua pero raramente detectada sensibilidad al gluten no celíaca), esta también es realmente difícil de diagnosticar, debido a la extensa y variada miríada de síntomas que puede presentar, que incluyen:

  • insomnio y/o fatiga,
  • palpitaciones y/u otra síntomatología ansiosa,
  • dolor abdominal, gases, hinchazón y/o diarrea,
  • dolores de cabeza,
  • hinchazón y/o picor en los ojos,
  • ciclos menstruales irregulares y/o dolorosos, y
  • tos y/o asma.

Y a esta heterogénea sintomatología, se une la necesidad de descartar que los causantes sean alérgenos comunes (como la caseína presente en los lácteos) y no la propia histamina. Esta diferenciación puede evidenciarse a través del mítico skin prick test (el que comprueba la reacción cutánea a los alérgenos, tanto ambientales como alimentarios) que se utiliza para diagnosticar alergias. Sin embargo, lamentablemente, esta prueba dista de ser infalible.

 

prick test
Skin prick test [Imagen cortesía de US National Institutes of Health]

 

Al final, el patrón-oro para detectar una intolerancia es una rigurosa auto-experimentación. Se empieza eliminando los alimentos con alto contenido en histamina (y aquellos que reducen nuestra capacidad de librarnos de ella) durante al menos un par de semanas, para luego reintroducirlos y comprobar el resultado. A menudo, cuando estamos habituados a él,  no somos conscientes ni del malestar de baja intensidad con el que convivimos, ni de su progresiva y lenta desaparición una vez eliminamos su causa primaria.

Esta técnica de exclusión y reintroducción resulta muy eficaz (además de barata) para eludir nuestros propios sesgos inconscientes y detectar una posible intolerancia (sea a la histamina, al gluten, a los lácteos o a lo que fuere que sospechéis).

Si presentís que efectivamente formáis parte de ese porcentaje de la población que soporta estoicamente las consecuencias de la intolerancia a la histamina, además de eliminar las delicatessen curadas o fermentadas, conviene que elijáis alimentos lo más frescos posible (o que hayan sido congelados cuando estaban lo más frescos posible). También debéis esquivar todo aquello que le reste eficacia a vuestro sistema de neutralización de la histamina que efectivamente consumáis (las bacterias andan por todas partes y son rápidas como el rayo, así que resulta imposible evitarla por completo). Vuestra dieta de exclusión deberá renunciar al alcohol y a los medicamentos antiinflamatorios no esteroideos (que incluyen el ibuprofeno, la aspirina, el voltarén y el enantyum), inhibidores ambos de la enzima que neutraliza la histamina.

Si tras una pequeña reintroducción (quizás en forma de un entrante a base de embutidos antes de una ensalada con parmesano y anchoas regada con una copa de cava), después de un par de semanas de «limpieza» (al final de las cuales os encontráis curiosamente bien), notáis que de nuevo algo no va bien, obtendréis vuestro diagnóstico. Si sale que sí, entiendo que puede no haceros especial ilusión, pero la sabiduría es poder. Al menos sabréis cómo atajar los síntomas y podréis decidir si os compensa un pequeño homenaje ocasional.

 

 

Yo descubrí la intolerancia a la histamina gracias a la Dra. Georgia Ede (me parece increíble que esta condición ni siquiera se mencione en la carrera de nutrición), una psiquiatra americana (cuyos blog y charlas en Youtube recomiendo con tesón a aquellos que se defiendan con el inglés y tengan una mínima curiosidad por las interacciones entre dieta y salud mental). Ya os adelanto que, como viene siendo habitual, es una firme defensora de las dietas low carb desde que su salud se vio comprometida y descubrió su potencial. También fue la revelación de su propia intolerancia a la histamina (y la subsiguiente mejoría de su salud), lo que la impulsó a divulgar la existencia de esta condición. Por ello (y por su incansable labor propagadora de las bondades del low carb en el cerebro y en los neurotransmisores), desde aquí le doy las gracias y le remito mi más cálida ovación.



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