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PORQUE LOS GENES NO SON UNA CONDENA VITALICIA

Nutricionista, psicóloga y química en proceso (además de feliz superviviente de cáncer, insulinorresistente con síndrome de ovario poliquístico y EX-gorda-depresiva-polimedicada)

Terapia nutricional: El futuro de la psiquiatría

8 octubre, 2018

Terapia nutricional: El futuro de la psiquiatría

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Quiero presentaros al impávido William Walsh, el experto en bioquímica cerebral que espetó a los miles de psiquiatras asistentes a la reunión anual de la poderosa American Psychiatric Association  un amable pero rotundo: “Vuestro enfoque de la depresión está mal“.

Y es que saberse respaldado por más de 30 años de investigación y una descomunal base de datos con análisis bioquímicos de 30.000 seres humanos con una u otra condición psiquiátrica, da mucho aplomo.

 

Un pionero audaz

William Walsh es doctor en química por la Universidad de Iowa. Sabed que, si pudiera elegir a un sabio para que me transmitiera toda su sabiduría, sin duda sería él. No solo ha acumulado toneladas de conocimiento y evidencia científicamente cuantificable sobre los distintos fenotipos de la depresión, también se ha aventurado a estudiar el cerebro de auténticos monstruos (sus archivos cuentan con los análisis bioquímicos de miles de reconocidos sociópatas, incluido el célebre asesino Charles Manson). Y, curiosamente, en una proporción estadísticamente más que significativa, comparten ciertos rasgos a nivel celular (como una habilidad menguada para excretar metales pesados, desequilibrios en el ciclo de metilación del ADN y niveles descompensados de cobre y de zinc).

¡Pensad en el abanico de posibilidades que nos abren sus investigaciones! La capacidad de identificar a asesinos sociópatas en potencia (y evitar que efectivamente acaben por serlo) pronto podría dejar de parecer sacada de un libro de ciencia ficción.

Pero se augura un parto arduo y doloroso… A todos nos repatea que nos digan que “a lo mejor quizás podría ser que tal vez” exista una manera un poquito mejor de hacer las cosas. Los cambios de paradigma son rematadamente lentos (recordad si no al pobre Ignác Semmelweis, el médico húngaro que murió vilipendiado después de insinuar que eran los propios médicos los que propiciaban las infecciones post-parto de las parturientas no lavándose las manos tras las autopsias previas). Pero el Dr. Walsh no se rinde.

Su poderoso mantra son unas bellas palabras que, décadas después de oírselas a su madre, aún retumban en su mente: “si puedes ayudar a un solo niño, todo tu trabajo habrá valido la pena“. Incluso le llevaron a presentar sus conclusiones ante el onmipotente Senado de Estados Unidos. Pero, tal como él mismo lamenta en esta imperdible presentación, no se ha movido un solo dedo. Parece que nadie se cree que la violencia en la sociedad del futuro podría efectivamente reducirse ajustando la bioquímica cerebral de los niños proclives a ella… con simples nutrientes.

 

El enorme poder de los nutrientes

Sí, habéis leído bien. De ahí el título del libro (que se traduce por “El poder de los nutrientes: sana tu bioquímica para sanar tu cerebro“). Su autor quería transmitir el mensaje alto y claro.

 

 

La neurociencia actual ya ha logrado identificar nutrientes clave para la síntesis de los neurotransmisores (los últimos responsables del funcionamiento del cerebro). Así que,

¿Por qué aceptamos sin titubeos que un psicofármaco que inhibe la recaptación de serotonina es útil porque aumenta su concentración en las sinapsis neuronales, pero no atinamos a concebir que una dosis optimizada de un nutriente pueda ejercer el mismo efecto?

Al final, si nuestra dieta no contiene suficientes moléculas precursoras que nos permitan sintetizarla, el resultado es el mismo: un déficit de serotonina… y de sonrisas.

Afortunadamente, el avance imparable de las ciencias biomédicas post-genómicas, como la epigenética* y la nutrigenómica, está dilucidando qué desequilibrios nutricionales pueden alterar la expresión de los genes (y con ella las proteínas que gobiernan el funcionamiento cerebral), así como los mecanismos por los que una deficiencia de antioxidantes dietéticos puede inutilizar las armas de que el cerebro dispone para librarse de los tóxicos ambientales y los metales pesados. Teniendo en cuenta que son precisamente una expresión alterada de los genes que rigen los mecanismos cerebrales y una sobrecarga de tóxicos en el tejido neuronal los últimos responsables de muchos trastornos psiquiátricos, ¿no merece la pena que, en lugar de empezar su tratamiento recetando parches farmacológicos, intentemos paralizar al causante de la disfunción?

Y es que los niveles exagerados de estrés oxidativo en el cerebro (la acumulación de radicales libres en el tejido causada por un rendimiento deficitario de dichos sistemas antioxidantes) son la característica más común en las muestras de los pacientes del Dr. Walsh. Y, lamentablemente, los antidepresivos, ansiolíticos y antipsicóticos no la atajan en absoluto.

He aquí el poder de una terapia nutricional individualizada. Tiene la capacidad de optimizar los nutrientes que un individuo en particular necesita para sintetizar neurotransmisores, “hackear” la expresión de sus genes y contribuir a desintoxicar su cerebro sirviendo de apoyo a sus propios sistemas antioxidantes.

 

 

Vislumbrando un futuro esperanzador

Igual que el Dr. Bredesen ha evidenciado que la aproximación actual del alzhéimer es simplista (y errónea), identificando un mínimo de tres tipos de condiciones (que comparten síntomas y diagnóstico) de etiología (y tratamiento) contundentemente diferente, este pionero de la bioquímica cerebral ha descrito hasta cinco desórdenes bioquímicos claramente distintos que provocan síntomas depresivos. Y, a día de hoy, todos se tratan con el mismo parche (no exento de efectos adversos), los ubicuos antidepresivos. Lamentablemente, no solo pueden resultar completamente inútiles, sino incluso empeorar considerablemente la gravedad de la sintomatología depresiva, según el desequilibrio bioquímico que pretendan “parchear”.

¡Imaginad qué alegría supondrá poder devolverle las ganas de vivir a alguien que sufre una depresión incapacitante simplemente restableciendo sus niveles séricos de cobre o de vitamina B6! Porque sí, el Dr. Walsh ha logrado justo eso en cientos de pacientes hasta la fecha.

Y en este libro ofrece un compendio de los tratamientos nutricionales individualizados con los que ha conseguido miles de recuperaciones (a menudo librando a sus protagonistas del yugo de la medicación vitalicia). Y es que, por muy cómodos que resulten, los psicofármacos son moléculas extrañas para la bioquímica cerebral y nunca le devolverán la normalidad (si es que alguna vez existió), ni la establecerán (si nunca estuvo ahí).

 

Un “data geek” (un loco de los datos)

Eso sí, no es un libro para matar el tiempo una tarde de domingo. Está plagado de biología, bioquímica y estadística. Pero, si tenéis un mínimo interés en el tema y lo leéis con la mente abierta, os fascinará y aniquilará cualquier duda que pudiera aflorar sobre su base científica.

Y es que, igual que todos queremos que nuestro cirujano tenga los nervios de acero y sea obsesivamente disciplinado, también preferimos que los científicos que crean el conocimiento en que basaremos las terapias del futuro sean rigurosos hasta la obsesión. Y cualquiera que lea el libro puede atestiguar sin temor a equivocarse que William Walsh lo es.

Ha recabado y examinado millones de factores bioquímicos presentes en la sangre, la orina y otros tejidos (como el cabello) de decenas de miles de individuos, lo que le ha permitido identificar y cuantificar desequilibrios nutricionales en pacientes con depresión, esquizofrenia, autismo, trastornos del comportamiento, ansiedad, trastorno bipolar, alzhéimer y trastorno por déficit de atención e hiperactividad. Además, curiosamente, los números y los diagnósticos encajan bastante bien. Y es que, en última instancia, ¡somos pura química!

“Nunca curé a nadie… hasta que dejé de prescribir medicación”

Por favor, leed lo que el Dr. Walsh quiere transmitiros antes de juzgarle un vendedor de humo, porque hay mucha más ciencia en este libro que en las frecuentes pruebas de ensayo-error farmacológico (y su “prueba con esto un par de meses y vuelve a ver cómo sigues“). No me malinterpretéis, no pretendo criticar la labor de los psiquiatras en absoluto: realmente quieren ayudar a sus pacientes y para ello recurren a las estrategias que les han enseñado. Pero el énfasis exagerado que la psiquiatría actual pone en los psicofármacos tiene los días contados. El conocimiento sobre la biología molecular del cerebro evoluciona a pasos agigantados y está señalando el camino hacia el desarrollo de nuevas terapias individualizadas, efectivas y sin los efectos adversos de la medicación.

Los cambios no son fáciles, especialmente cuando nos sacan de nuestra zona de confort. Me pongo en la piel de un profesional que quizás lleva años ejerciendo y entiendo que pueda mostrarse reticente (o incluso que opte por mirar hacia otro lado y seguir con lo suyo). Pero así le estará haciendo un flaco favor a sus pacientes, esas almas que le confían su mente y su porvenir.

 

A quienes sentarán las bases de la nueva psiquiatría

El dominio de terapias inocuas y personalizadas es vuestro futuro. Que no sea necesario que vosotros mismos os veáis obligados a recurrir a ella para daros cuenta de que la medicación no funciona, tal como le ocurrió a la intrépida Kelly Brogan, la psiquiatra americana que confiesa no haber curado jamás a nadie hasta que guardó en el cajón su chequera de recetas.

¡No os quedéis atrás! Por vuestros pacientes… y por vosotros mismos.

 

(*) La epigenética estudia los procesos por los que los genes se expresan o no como respuesta a señales bioquímicas (incluida la alimentación). Andrew Feinberg, profesor de la universidad Johns Hopkins School of Medicine, describió su cabal importancia con este bello símil que me veo obligada a reproducir:

La epigenética es a la genética lo que la materia oscura es al estudio de las estrellas: sabemos que es importante, pero es difícil de ver”.



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