Seguro que has leído mil artículos recomendando con fervor el (ya célebre) keto limpio. Pues este será un poco diferente.
Tendemos a creer que una dieta saludable (incluida la versión cetogénica) debe basarse en productos vegetales frescos y ecológicos, con muy poquita carne (para ahorrarnos ese cáncer colorrectal de rigor —que no) y muchos batidos verdes (supuestamente detox —que tampoco) abarrotados de semillas de chía y espinacas. Y para algunos, efectivamente, puede ser así… pero no para todos, en absoluto.
Hay quien ha conocido a su mejor versión pasándose a una dieta 100% carnívora después de décadas de veganismo. Y también quien se marea o entra en pánico solo con pensar en ingerir un bistec. Y quien sencillamente no soporta los aguacates. Y quien no digiere bien las ensaladas, porque se hincha y siente que va a propulsión durante horas cada vez que consume tomates, pepinos y hojas verdes. Y quien prefiere el suicidio a renunciar a la fabada. Y quien es alérgico a los huevos, ecológicos también. Y quien sencillamente no puede permitirse llenar su cesta de la compra con mil y un productos frescos y perecederos. Y también quien compagina dos trabajos con las tareas de la casa y no tiene tiempo para comprar los ingredientes y prepararse esos menús tan nutritivos y «limpios».
¡Lo cuento en este vídeo-ketómetro!
¿Te ha ayudado a resolver tus dudas?
Pues echa un ojo al resto de la Keto-Maratón, el programa que condensa una década de estudio obsesivo en apenas 12 horas de audio y vídeo (o 400 páginas) que terminarás con una sonrisa.
No sabría estimar cuántos millardos de veces he oído por ahí que debemos seguir un «keto limpio» complicadísimo, ni cuántos menús semanales supuestamente cetogénicos abarrotados de soja, acelgas, espinacas[1] y pan wasa[2] han llegado hasta mí a través de pacientes frustrados y algo confusos. Aunque los nutricionistas solamos vivir justamente de que resulte complicada, a menos que haya una patología severa en curso (como una insuficiencia pancreática, un cáncer en el sistema digestivo, una resección intestinal o una epilepsia refractaria), la nutrición puede ser muy sencilla. Y la dieta cetogénica, también.
[1] Las espinacas y las acelgas son una bomba de oxalatos. Esa tendencia a incluirlos a diario en los menús keto (junto con el ubicuo pudding de chía) como si no hubiera mañana (ni riñones con una capacidad limitada para excretarlos), a largo plazo, es una receta para el desastre.
[2] El wasa es un biscote de pan de centeno que por algún motivo se suele incluir en los menús supuestamente antiinflamatorios y cetogénicos (a pesar de que desencadena una respuesta glucémica notable y tiene gluten, por lo que nos aleja de la cetosis y activa la permeabilidad intestinal que promueve las enfermedades autoinmunes).
En un mundo perfecto, todos tendríamos recursos suficientes para basar nuestra alimentación en huevos de gallinas felices que persiguen lombrices al sol, carne de rumiantes que han pastado tranquilamente en inmensos prados verdes toda su larga vida, enormes peces salvajes recién pescados y rebosantes de ácidos grasos omega 3 (sin mercurio, cadmio, arsénico, ni microplásticos), escoltados por mil y un tipos de verduras, setas y hortalizas fresquísimas acabadas de recolectar y libres de pesticidas, además de chocolate negro, una copita de vino ocasional y café (por supuesto) y (si la resistencia a la insulina aún no apremia) también miel de abeja y jugosas frutas dulces que han madurado en la planta donde nacieron.
Aunque es el mejor que tenemos, coincidirás conmigo en que este mundo nuestro muy «perfecto», lo que se dice «perfecto», no es.
Y una dieta cetogénica de este mundo sería cualquier patrón alimentario que «te permita» mantener tus niveles de insulina lo suficientemente bajos como para que tu organismo priorice la quema de grasa sobre la de glucosa y genere cantidades fisiológicamente significativas de cuerpos cetónicos medibles en tu sangre «hoy». Sí, que «ella te lo permita a ti» y que «tú te la puedas permitir a ella», «hoy».
Yo misma he podido presenciar mejoras increíbles con mil y un tipos de dieta más o menos cetogénica, algunos incluso que no calificarían como tal.
A un paciente (de quien estoy orgullosísima) que carga con un trastorno neurodegenerativo desgarrador, su neurólogo le redujo la dosis de medicación tras apenas cuatro meses de dieta (y jamás fue un «keto limpio», en absoluto, ni siquiera un «keto medio limpio»). No conseguí que dejara los refrescos, ni la infausta comida rápida que siguen constituyendo la base manifiesta de su alimentación. Solo logré que sustituyera las patatas fritas por tortitas de pollo, que renunciara al pan de las hamburguesas, que se pasara a los refrescos sin azúcar y que cambiase el bollo industrial del desayuno por unos huevos fritos con bacon. Y (aunque esta dieta no califique en absoluto como la ideal que habría querido que siguiera en un mundo perfecto) gracias a ella conseguí que no huyera despavorido de mí. Y el caso es que, para él… esos cambios bastaron para conjurar un poco de magia.
¿Que si creo que un cambio dietético aún más notable habría traído mejoras aún más notables? Pues sí, desde luego, pero…
Da igual cuán perfecto sea un menú semanal (o «limpio» un keto) si nadie lo va a seguir.
