Nutricionista, psicóloga y cocinillas apasionada (además de feliz superviviente de cáncer, insulinorresistente con síndrome de ovario poliquístico y ex-gorda-depresiva-polimedicada)

Autoinmunes («The Autoimmune Fix» de Tom O’Bryan)

21 diciembre, 2017

Autoinmunes («The Autoimmune Fix» de Tom O’Bryan)

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He aquí una guía para identificar los primeros estadios de las enfermedades autoinmunes antes de que sean incurables y prevenir su aparición: The Autoimmune Fix, de Tom O’Bryan.

Ex-panadero, médico y profesor del ya celebérrimo Institute for Functional Medicine¹, el Dr. O’Bryan se ha convertido en uno de los adalides de la causa anti-gluten y pro-dieta antiinflamatoria. ¿Su lema?

No te conformes con una salud mediocre: lo común no es lo normal

De nuevo fue su propia salud la que dio la voz de alarma: un examen de rutina le mostró unos alarmantes niveles de anticuerpos contra su propio cerebelo y su proteína básica de mielina (lo que le abocaba a un eventual diagnóstico de esclerosis múltiple).

 

Según sus propias palabras, toda autoinmune empieza en el intestino y prosigue en una respuesta inflamatoria crónica de baja intensidad, hasta que acaba por romperse el eslabón más débil que dicten nuestros genes. Para unos será el sistema digestivo, para otros la tiroides, el páncreas, el cerebro… Poco a poco, año tras año, insidiosamente y sin que tomemos consciencia de ello, el caos autoinmune va ganando terreno hasta que nuestro propio fuego amigo acaba con nosotros.

Y es que parece que estamos condenados a sufrir enfermedades crónicas, engordar y perder agudeza mental a medida que envejecemos. Puede que se considere lo común, pero no es lo normal. 

Si tienes molestias estomacales asiduamente, has aprendido a vivir con hinchazón abdominal y estreñimiento perennes, sufres dolores de cabeza periódicos, no consigues librarte del acné o los eczemas y/o te arrastras fatigado a pesar de todos los cafés, el Dr. O’Bryan tiene algo que decirte: eso no es normal. 

La buena noticia es que no tienes que conformarte. Tu cuerpo podría estar diciéndote que algo no va bien. Y todos esos antiácidos, laxantes, analgésicos, estimulantes y antibióticos de uso tópico no son más que parches que no solucionan el problema de raíz (y a menudo añaden más desorden al caos). Es como ponerse tapones en los oídos para no oír la radio, en lugar de levantarse y apagarla.

Se calcula que los avances médicos tardan una media de 17 años en llegar a las consultas (y a los enfermos) desde que se publica la evidencia científica que los avala. Teniendo en cuenta que la autoinmunología apenas levanta medio palmo del suelo, ¿cuánto tiempo tendrá que pasar para que la práctica médica reconozca una autoinmune que se encuentra aún en sus primeros estadios y con ello evite que se instaure? A día de hoy, la respuesta es un contundente «demasiado«.

Ese es el objetivo que se ha propuesto el Dr. O’Bryan: que todos tomemos consciencia de que de 5 a 10 años antes de que una sintomatología obvia permita un cómodo diagnóstico, la concentración sérica de los auto-anticuerpos que (si no lo evitamos) desencadenarán en una artritis reumatoide, un lupus, una tiroiditis de Hashimoto, un Crohn o una esclerosis múltiple, ya están por las nubes (y hablan alto y claro a quien quiera escucharlos).

 

tom obryan autoimmune fix

 

El proceso por el que ciertas moléculas que ingerimos para que nos nutran (en principio inofensivas) acaban por sembrar el caos autoinmune y arengar a nuestro propio sistema defensivo contra nosotros mismos se inicia en la llamada permeabilidad intestinal (ved más detalles sobre su mecanismo en el artículo sobre Gluten Freedom, del gran Dr. Fasano).

Las intimidades del tubo digestivo son una rotunda maravilla de la evolución. Su labor es convertir ese jugoso pepito de ternera en moléculas lo suficientemente pequeñas como para ser absorbidas y felizmente utilizadas. Este trabaja codo con codo junto al sistema inmune, que se encarga de que solo «los buenos» atraviesen la pared intestinal y accedan «a nosotros». Pero sus meticulosos engranajes no son infalibles.

El problema surge cuando ciertas macromoléculas (que nuestras enzimas no pueden romper en piezas pequeñas y utilizables) atraviesan el epitelio intestinal. Nuestra muy eficaz respuesta inmune detecta que «enemigos no utilizables» se han colado en el sistema (mientras se mantengan en el tubo, de hecho, no están «en nosotros») y crea anticuerpos para acabar con ellos. Uno de los principales culpables (considerado el cabecilla de las proteínas que provocan la apertura de las uniones intestinales) es el gluten. Equivaldría al jefe de una banda de cuarteros que abre camino: él se cuela primero y deja vía libre a los pillastres que le siguen.

La situación resulta en un epitelio intestinal incapaz de cumplir su función de mantener «fuera de nosotros» todo aquello que no podemos utilizar o que es susceptible de dañarnos. El daño colateral añadido es un sistema inmune dedicado en cuerpo y alma a fabricar anticuerpos contra proteínas que hemos ingerido voluntariamente con el objetivo de nutrirnos.

La buena noticia es que las células epiteliales del intestino se renuevan a la velocidad del rayo, así que un poco de gluten aquí y allá (sin ser óptimo para potenciar una salud de hierro), no es grave. Pero si desayunamos una tostada, almorzamos lasaña, merendamos un croissant y cenamos pizza, día sí y día también, no le damos tiempo a nuestro intestino a sanar. De manera que los distintos enemigos que pululen por el tubo se encontrarán las puertas bien abiertas… y los soldados que protegen la frontera se verán completamente abrumados.

 

 

Las intenciones del sistema inmune son honorables, ¡solo pretende defendernos!

Sin embargo, nuestra valerosa artillería tiene sus limitaciones y no se molesta en preguntar mucho antes de disparar. Y es que algunos de estos anticuerpos (como los antigliadina, un componente del gluten), atacan no solo a su molécula diana (el enemigo en cuestión), sino también a nuestras propias células (los inocentes transeúntes que tienen la mala suerte de parecerse al malo), por el desafortunado pero ubicuo mimetismo molecular.

Y así, pizza tras pizza, año tras año, el tejido atacado (que puede ser básicamente cualquiera: el cerebro, la tiroides, el corazón, la piel, el propio intestino, el hígado, el páncreas, los riñones, las venas y arterias, los pulmones, los bronquios, el músculo esquelético, el sistema nervioso periférico y/o cualquiera menos las uñas una vez cortadas) enferma hasta que su función se ve comprometida. En este punto, los síntomas son obvios y el daño a menudo irreparable.

Lamentablemente, vivimos en un mundo abarrotado de tóxicos. Muchos de ellos no los podemos eludir (como los disruptores endocrinos estrogénicos del agua que bebemos o los residuos químicos volátiles en el aire que respiramos). Sin embargo, hay algunos que sí podemos esquivar (como el flúor de la pasta de dientes, los pesticidas en los que bañamos los productos de la huerta o el propio gluten que ingerimos). Nuestra artillería tiene una capacidad brutal para protegernos, pero nunca hasta ahora se había visto obligada a trabajar con este nivel de exigencia.

El consejo del Dr. O’Bryan es sencillo: no añadamos más leña al fuego y aunemos fuerzas con nuestro sistema inmune.

 

 

Aunque todo esto suene «conspiranoico» y todavía queden muchos huecos por llenar, las alarmantes estadísticas al alza en todo tipo de patologías autoinmunes y/o crónicas no transmisibles bien merecen que le otorguemos una pausada reflexión.

Desde luego recomiendo este libro, no solo a quienes ya sepan que están luchando contra una autoinmune, sino a todos aquellos que quieran prevenir su aparición. No os conforméis con una salud mediocre.

Añadid más años a vuestra vida… y más vida a vuestros años.

  1. El Instituto de Medicina Funcional es un ya celebérrimo centro formativo para profesionales de la medicina (cuyas aulas cuentan entre sus  logros el de haber servido de inspiración a la gran Terry Wahls para la creación del protocolo gracias al que remitió su propia esclerosis múltiple y la de cientos de pacientes a día de hoy).


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