Sí. Tu dieta puede haber causado tu depresión. Y si es así, tu dieta también puede curarla.
Uno de los puntos flacos de nuestros menús, más allá del eterno debate alrededor de los óptimos porcentajes de macronutrientes (si hay que hincharse a carbohidratos cinco veces al día o no, si la grasa es poco menos que venenosa o la panacea universal y si pasarse con las proteínas puede convertirse en un arma mortal), es su clamorosa escasez en vitaminas y minerales, incluso algunos pautados por profesionales siguiendo al dedillo las pautas consensuadas. La inmensa mayoría de las veces, son menús bajos en grasa e ínfimos en colesterol (a pesar de que hace ya sesenta años que sabemos que el colesterol dietético no influye sobre el colesterol en sangre y casi cincuenta que también sabemos que la grasa, ni siquiera la ya exculpada grasa saturada, tampoco obstruye las arterias)[1], basados en los cereales en sus mil formas y colores. Proponen galletas o magdalenas integrales para desayunar, un bocadillo de pavo bajo en grasa a media mañana, acelgas con patatas y una tortilla de claras en el almuerzo, un yogur desnatado de merienda y una sopa de caldo vegetal con pasta maravilla para cenar. Además, suelen incluir postre (que a veces sí es una pieza de fruta o dos nueces, pero, a veces, no) y pan en cada toma.
Más allá del daño que el déficit de ácidos grasos esenciales o el exceso de proteínas inflamatorias (como todo ese trigo) pueda infligir en las personas susceptibles, las dietas bajas en grasa y generosas en carbohidratos (incluso si pautan esos cereales «enriquecidos» con vitaminas y minerales), son nutricionalmente insuficientes per se… porque ni el pan, ni la pasta, ni el arroz, ni las patatas, ni el maíz, ni (si me apuras) las legumbres, nos aportan apenas micronutrientes biodisponibles.
¡Lo cuento en este capítulo del cursillo!
¿Te ha gustado? Pues echa un ojo al resto del programa en Dieta y Estado de Ánimo.
Aunque las calibraciones que escoltan a los menús suelen indicar cantidades o porcentajes muy próximos a las recomendaciones «oficiales» para la ingesta diaria (que es lo que en la facultad de nutrición se consideraría un menú equilibrado y bien calibrado), dichos cómputos se estiman en función de los requerimientos de micronutrientes mínimos que un 97,5% de la población debe consumir diariamente para no enfermar, lo que no implica que sean las ingestas óptimas para que la especie humana florezca. Y el problema no acaba ahí. Los cálculos de los micronutrientes que nos aportan esos menús supuestamente saludables ya se quedan cortos asumiendo, para empezar, que las materias primas efectivamente contenían las cantidades de micronutrientes que alegan contener (cuyos datos se obtienen de las tablas oficiales de composición de alimentos, la mayoría de los cuales se basan en análisis realizados hace décadas); para continuar, que las vitaminas y los minerales que realmente contuvieran han logrado sobrevivir al procesado y llegar hasta nuestro plato; y, para terminar, que los absorbemos y asimilamos sin mayores contratiempos, pero… lo cierto es que no.
Incluso los más micronutritivos, como el todopoderoso huevo, ya no contienen ni un ápice de los micronutrientes que contuvieron en un pasado[2]. Para lograr la vitamina A que nos regalaba una sola naranja en 1950… en el año 2005 había que comer 21. Y no me quiero ni imaginar cuántas en 2024. Sí, no exagero, no… ojalá. Tanto el suelo superficial de cultivo (que la agricultura intensiva ha ido desproveyendo gradualmente de sus minerales), como la velocidad acelerada a la que crecen las cosechas a día de hoy (gracias a la manipulación genética, los fertilizantes químicos y los herbicidas/pesticidas), les ha robado paulatinamente su valiosa nutrición ancestral. Y esta particular tesitura (que ha permitido erradicar virtualmente el hambre en el mundo) no ocurre solo con los alimentos de origen vegetal. La inmensa mayoría del ganado, mucho me temo, tampoco come lo que comía hace setenta años, sino piensos fabricados con los restos de las cosechas que comemos nosotros. Así que no nos aporta la micronutrición que sí aportaba en un pasado. Hemos aprendido a generar más comida y más rápido, pero… no mejor.
Y el cerebro no tiene otra manera de hacernos saber que está desmicronutrido, que dejando de funcionar bien y sumiéndonos en la letargia, la neblina mental, la depresión o algo peor.
La buena noticia es que tienes el poder de influir en tu estado de ánimo… solo reabasteciendo tu nevera.

Dieta y estado de ánimo (nuevo cursillo)
Descubre el colosal poder de lo que comes sobre tu estado de ánimo. Todavía no podemos alterar la secuencia de los genes que nos tocaron

Depresión 2.0 («Tu Mente es Tuya» de Kelly Brogan)
«La depresión no es una enfermedad. Es un síntoma.» Chapeau. Así de rotunda empieza «Tu Mente es Tuya», de la Dra. Kelly Brogan, una mujer
[1] Keys, A., Anderson, J. T., Mickelsen, O., Adelson, S. F., & Fidanza, F. (1956). Diet and serum cholesterol in man; lack of effect of dietary cholesterol. The Journal of nutrition, 59(1), 39–56. https://doi.org/10.1093/jn/59.1.39
Mann, G. V. (1977). Diet-Heart: End of an Era. New England Journal of Medicine, 297(12), 644-650. https://doi.org/10.1056/NEJM197709222971206
Astrup, A., Magkos, F., Bier, D. M., Brenna, J. T., de Oliveira Otto, M. C., Hill, J. O., King, J. C., Mente, A., Ordovás, J. M., Volek, J. S., Yusuf, S., & Krauss, R. M. (2020). Saturated Fats and Health: A Reassessment and Proposal for Food-Based Recommendations: JACC State-of-the-Art Review. Journal of the American College of Cardiology, 76(7), 844-857. https://doi.org/10.1016/j.jacc.2020.05.077
[2] Hailweil, B. (2007). Still No Free Lunch: Nutrient Levels in U.S. Food Supply Eroded by Pursuit of High Yields. The Organic Center. https://ucanr.edu/datastoreFiles/608-809.pdf
Tan, Z., Lal, R., & Wiebe, K. (2005). Global Soil Nutrient Depletion and Yield Reduction. Journal of Sustainable Agriculture, 26. https://doi.org/10.1300/J064v26n01_10
