He aquí la estrella indiscutible de las consultas habituales sobre la sostenibilidad del keto: la tiroides. Si estás aquí, apuesto a que ya sabes que la dieta cetogénica es una maravilla para perder peso sin pasar hambre, para catapultar tu cognición, para optimizar tu rendimiento físico e incluso para reducir tu inflamación sistémica y con ella el riesgo de desarrollar enfermedades crónicas no transmisibles, como la diabetes tipo 2, las patologías cardiovasculares y neurodegenerativas o incluso el cáncer. Y todo esto suena genial, hasta que alguien muy bienintencionado te suelta que no puedes seguirla a largo plazo, porque te destrozará la tiroides. Y obviamente la mera perspectiva te inquieta un poquitín, porque sabes que tu tiroides controla la tasa metabólica de todos los órganos de tu cuerpo e influye en tu peso, tu nivel de energía, tu estado de ánimo, tu fertilidad, tu metabolismo, tu temperatura corporal y, en definitiva, tu bienestar general. Así que lo último que queremos es que esta dieta que te sienta tan bien se la acabe cargando. Pues vamos a ver en qué se sustenta esta bienintencionada inquietud y también cómo detectar, aliviar e incluso eludir esa posible fatiga tiroidea.
La muy influyente tiroides es una glándula endocrina con forma de mariposa que abraza nuestras gargantas y es la encargada de sintetizar las hormonas tiroideas. La T4 (o tiroxina) es la más abundante (rondando el 90%) y contiene 4 átomos de yodo, mientras que la T3 (o triyodotironina) cuenta 3 átomos de yodo y es la más cara de ver, pero también la molécula realmente activa. Pues una de las consecuencias del keto, la que motiva esa inquietud de que la dieta cetogénica castiga la tiroides, es que la concentración de T3 en sangre de quienes la siguen suele descender. Y este particular descenso en los niveles de T3 se interpreta, también con la mejor de las intenciones, como un S.O.S. tiroideo, como una llamada de auxilio por parte de una tiroides keto-angustiada.

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Tiroides y dieta (el lado oscuro de la coliflor)
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Ante esta (a priori “desafortunada”) tesitura, algunos expertos recomiendan que la dieta cetogénica sostenible a largo plazo realmente no sea tal, porque abogan por mantener la ingesta diaria de carbohidratos por encima de los 100 gramos para no “fatigar la tiroides” (lo que expulsaría de esa cetosis nutricional estable y mantenida, que al final es la fuente del poder del keto, a la inmensa mayoría de nosotros). Otros aconsejan con mucha vehemencia que quienes seguimos una dieta cetogénica nos tomemos vacaciones intermitentes de la restricción de carbohidratos, para que la tiroides vuelva periódicamente a la «normalidad» y así no llegue a fatigarse (o tarde más). Y estos consejos tan lógicos y bienintencionados tendrían todo el sentido del mundo (y serían muy bienvenidos), si el keto realmente fatigase a la tiroides. Lo cierto es que ese desafortunado y omnipresente veredicto de culpable no se basa en evidencia robusta y rigurosa, sino que es una interpretación muy simplona de un sistema extremadamente complejo.
La tiroides segrega hormonas tiroideas en respuesta a las órdenes que recibe de la hipófisis, otra glándula endocrina (la encargada de segregar la TSH u hormona estimulante de la tiroides que suele acompañar a la T4 en los análisis), que a su vez depende del hipotálamo, la región del cerebro que integra las señales que le llegan (tanto de dentro, como de fuera) y emite sus órdenes en consecuencia.
Medir los niveles de T3 en sangre nos ayuda a inferir la función tiroidea, sí, pero esa premisa no sustenta la deducción lógica de que menos concentración de T3 circulante implica una tiroides keto-angustiada o que nos pide auxilio en forma de carbohidratos para no tirar la toalla. De hecho, esa T3 más baja podría sugerir justo lo contrario: que el keto reduce nuestros requerimientos de T3, por lo que la tiroides no estaría keto-angustiada, sino keto-relajada. Podemos decir que “los carbohidratos aumentan los niveles de T3”, pero también que “la tiroides aumenta la producción de T3 para hacer frente a los carbohidratos”. Esto no significa que los carbohidratos sean buenos o malos para la tiroides, significa que requieren más T3 para ser metabolizados. Y esa T3 «extra» estaría destinada al metabolismo de la glucosa, no necesariamente a «hacerte sentir increíble».
La restricción calórica per se reduce la hormona tiroidea. Y una de las maravillas colaterales del keto es que logra que reduzcamos inadvertidamente nuestras calorías diarias. Y la pérdida de peso per se también disminuye la función tiroidea, sea porque enfermamos, porque nos obligamos a matarnos de hambre o porque nos regalamos un garbeo por la dieta cetogénica.
También las criaturas más longevas de la tierra tienden a tener niveles bajos de T3. Seguro que te sonará (del módulo del ayuno) como parte de la estrategia para promover la longevidad, porque, curiosamente, una de las particularidades que comparten los afortunados centenarios es cierta predisposición genética a presentar niveles bajos de T3[1]. Así que esa T3 ligeramente más baja en quienes vivimos keto podría ser una característica deseable (y no un efecto perjudicial) de la cetosis nutricional. Y aquí entra en escena el tercer grupo de expertos que opinan sobre el keto y la tiroides, encabezados por el colosal Dr. Steve Phinney (que seguro ya conoces, una keto-eminencia, coautor de varias biblias de la dieta cetogénica e investigador médico con más de 40 años de experiencia), que apoya la versión de que la tiroides, lejos de keto-angustiarse, se keto-relaja. Su explicación alternativa para la reducción de la T3 con el keto sostenido, es que el cuerpo se vuelve más sensible a la hormona, por lo que puede funcionar estupendamente bien con menos T3. Vamos, que necesitamos menos hormona para producir el mismo efecto, lo que, lejos de ser una consecuencia indeseable, supone una menor carga para la tiroides. Y aunque hasta la fecha no hay ensayos clínicos en humanos que puedan confirmarla, encajaría con el aumento de la sensibilidad tanto a la insulina, como a la leptina (la hormona de la saciedad) que el keto nos regala y que sí se han comprobado ampliamente. Un puntito para él.
Más allá de los niveles de T3 que te salgan después de una temporada viviendo keto, todo se reduce a cómo te sientes. Si según los márgenes estadísticos de tu laboratorio de análisis tienes una T3 baja, pero te sientes bien, rebosas energía, no tienes problemas para perder peso o para mantener tu composición corporal si ya estás en modo mantenimiento, yo no me preocuparía demasiado por tu tiroides. Pero si te invade la fatiga, no puedes reunir la energía para llevar una vida normal y mucho menos para hacer ejercicio, estás temblando de frío todo el tiempo, tus lípidos sanguíneos están por las nubes o si simplemente te sientes fatal de manera habitual, sí sería ser un problema en el que habría que ahondar.
Y aunque la controversia esté servida, si tuviera que apostar… ¡yo me inclinaría a favor del keto!
En este vídeo-ketómetro parloteo sobre autoinmunes
¿Te ha ayudado a resolver tus dudas?
Pues echa un ojo al resto de la Keto-Maratón, el programa que condensa una década de estudio obsesivo en apenas 12 horas de audio o vídeo, que terminarás con una sonrisa.
[1] Rozing, M. P., Houwing-Duistermaat, J. J., Slagboom, P. E., Beekman, M., Frölich, M., de Craen, A. J., Westendorp, R. G., & van Heemst, D. (2010). Familial longevity is associated with decreased thyroid function. The Journal of clinical endocrinology and metabolism, 95(11), 4979–4984. https://doi.org/10.1210/jc.2010-0875
