Primero, las malas noticias. Sí, el keto puede desbarajustar el ciclo menstrual durante los meses de pérdida de peso y keto-adaptación. Aunque ya intuimos por qué y (en apenas unos meses) todo vuelve a su regular normalidad. Además, la inmensa mayoría de veces, el keto trae consigo una mejora sustancial de la situación previa y alivia tanto esa incómoda hinchazón o retención de líquidos, como el inclemente síndrome premenstrual, las fluctuaciones en el estado de ánimo y esos dolores de cabeza recurrentes.
Sin embargo, antes de ese feliz momento, algunas mujeres sí sienten que su ciclo menstrual (que ya antes de cambiar de dieta las amargaba, pero al menos lo hacía periódicamente y en plazos previsibles) se ha vuelto irregular. Los «ketofóbicos pro-féculas y farináceos» suelen recurrir a esta (a priori desafortunada) circunstancia para «demostrar» que tanto la dieta cetogénica como los ayunos están contraindicados en las mujeres. Y realmente, si no ahondamos mucho, esta conclusión algo de sentido sí tiene, porque la regularidad del ciclo menstrual actúa como un marcador de la salud general (bastante fiable) en mujeres premenopáusicas y sus desajustes señalan que el cuerpo se encuentra sometido a algún tipo de estrés. Aunque ese «estrés» puede tener mil y una causas independientes de la dieta (desde una infección, hasta la falta de descanso, el exceso de ejercicio, la angustia psicológica o incluso aparecer como efecto secundario a algunos fármacos – como los anticonceptivos, los antidepresivos o la medicación para la tiroides, pero también esa aspirina y ese ibuprofeno que tomamos con tanta alegría).
Las primeras zancadas por la senda de la dieta cetogénica pueden efectivamente ser percibidas por nuestro cuerpo como una fuente de estrés. Según nuestra flexibilidad metabólica (a habilidad que tiene nuestro sistema para alternar sus combustibles principales entre la glucosa y la grasa, que disminuye con la edad y varía según dónde nos encontremos en el espectro de la sensibilidad insulínica) y estado de salud, la adaptación a la quema de grasa después de toda una vida siendo unas quemadoras de glucosa empedernidas resulta ciertamente ardua. Y (aunque estupendísimas estamos siempre) no solemos aventuramos a probar el keto precisamente cuando contamos veinte años y estamos delgadas, súper-sanas y pletóricas, lo que aumenta las probabilidades de que la transición se nos haga un pelín cuesta arriba y nuestro ciclo se desajuste.
Y esta más que comprensible inquietud, unida a la preocupación de ese ser querido (bienintencionado, pero con una curiosidad más bien relativa por escudriñar las entrañas de la ciencia nutricional), que nos insiste en que «comer grasa engorda y te provoca ataques al corazón, porque hace que suba el colesterol», junto con la persistente imagen de ese irresistible bollito relleno de crema… contribuye mucho a que tiremos la toalla del keto antes de tiempo. Y es una lástima, porque a menudo necesitamos solo regalarnos un par de meses de paciencia (y quizás también mantenernos a una distancia prudencial de esos croissants de chocolate y de las demás tentaciones, en especial durante la segunda mitad del ciclo), para empezar a sentirnos mejor que nunca.
¡En este vídeo-ketómetro parloteo sobre ello!
¿Te ha ayudado a resolver tus dudas?
Pues echa un ojo al resto de la Keto-Maratón, el programa que condensa una década de estudio obsesivo en apenas 12 horas de audio o vídeo, que terminarás con una sonrisa.
La coreografía hormonal de las mujeres premenopáusicas (en el vídeo de arriba la explico con detalle) es muy sensible a los cambios dietéticos. Ante cualquier señal que presagie escasez de comida, su cuerpo responde bajando el dial de la capacidad reproductiva. Uno de los consabidos efectos colaterales del keto es que, inadvertidamente o no, se tiende a comer menos y se pierde peso.
Y una de las consecuencias de que reduzcamos la talla del pantalón y la exuberancia de nuestros michelines, es que disminuyen los niveles de leptina. Esta hormona, segregada por el tejido graso precisamente, es la encargada de decirle al cerebro que ya disponemos de suficientes reservas para fabricar bebés con total paz espiritual (se la apoda la «hormona de la saciedad» porque también traslada el mensaje de que ya hemos comido bastante). Y la baja leptina[1] (subsiguiente a esa talla nueva de pantalón que tanta ilusión nos hace), aparte de colocar luces de neón parpadeantes sobre ese irresistible bollito de chocolate, es en parte la culpable de que el periodo se irregularice o desaparezca por completo temporalmente. Pero no actúa sola, ni es exclusiva del keto.
Cualquier pérdida de peso per se (sea gracias a que nos regalamos un garbeo por la dieta cetogénica o a que nos matamos de hambre con esos mini-bocadillos de pan integral, pavo bajo en grasa y lechuga tipo iceberg), aminoran la conversión de T4 (la hormona tiroidea inactiva que presentamos en el ketómetro anterior) en T3 (la molécula activa), lo que, de hecho, es una estrategia evolutiva muy ingeniosa. Nuestra tiroides es como un barómetro de la abundancia. No tiene demasiado sentido que el cuerpo se ponga a fabricar bebés[2] cuando todo parece indicar que la comida escasea. Pondría en jaque la supervivencia, tanto de la mamá, como del recién llegado.
Aunque estamos todos de acuerdo en que ni la restricción calórica ni el hambre contribuirán a que tengamos ciclos fértiles y regulares[3], la actual controversia está servida y aún sigue calentita. Curiosamente, los defensores a ultranza de las dietas hipocalóricas lipofóbicas no parecen darle tanta importancia a los desajustes menstruales cuando vienen de la mano del hambre perpetua en la que nos sumen esos menús semanales a base de mini-bocadillos de pan integral, pavo bajo en grasa y lechuga tipo iceberg, pero sí se echan las manos a la cabeza enfurecidos cuando aparecen tras unas semanas de cómoda pérdida de peso siguiendo una dieta cetogénica[4].
Y no es por malmeter (demasiado), pero los poquitos estudios que existen, de hecho, suelen inclinar la balanza hacia el lado del keto y no de las dietas ricas en carbohidratos (repletas de féculas y farináceos), cuando el propósito es escopetear la fertilidad o promover la salud reproductiva (en especial, si existen o bien sobrepeso o bien desajustes hormonales previos)[5]. Aclarado este polémico punto, si tu objetivo actual es convertirte en una feliz mamá (elijas la dieta que buenamente elijas), asegúrate un sueño reparador, no te mates demasiado en el gimnasio (ni te líes a correr maratones de las de verdad semanalmente) y come hasta saciarte. Y si por casualidad también eres una «compi poliquística», mi humilde consejo es que (sí o sí) sea en keto.

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¡Y ya, las buenas noticias! ¿De veras puede la dieta cetogénica promover ese delicado balance (asumiendo que efectivamente seguiremos ansiando ese dulce bollito de crema e hinchándonos un poquillo después de la ovulación)?
Pues, si le damos el tiempo suficiente, en la inmensa mayoría de los casos, la respuesta es que sí. Tardará más o menos (y tendrá un efecto más o menos vistoso) en función de cuán estrictas seamos y de nuestra salud hormonal previa, pero lo notaremos.
Mitigará el síndrome premenstrual[6], reducirá la envergadura de la hinchazón propia de la fase lútea y apaciguará los cambios de humor (porque al baile hormonal no se le sumarán esos altibajos en la glucosa sanguínea). Y aunque a día de hoy cuantificarlo objetivamente aún sea un poco peliagudo, podemos sencillamente experimentar y emitir un juicio subjetivo. Si después de apenas unos meses en keto duermes mejor que nunca, te levantas llena de energía y ni recuerdas lo mal que lo pasabas con tu inclemente síndrome premenstrual, ahí tendrás tu prueba[7]. Eso sí, en la segunda mitad del ciclo, seguirás teniendo más hambre, te costará mantenerte en cetosis y probablemente engordarás ese par de kilillos aunque renuncies estoicamente al bollito de crema, pero te compensará… especialmente, si hace ya algunos añitos que peinas (o te tiñes las) canas.
¿Qué puedes perder?
[1] Miller, K. K., Parulekar, M. S., Schoenfeld, E., Anderson, E., Hubbard, J., Klibanski, A., & Grinspoon, S. K. (1998). Decreased leptin levels in normal weight women with hypothalamic amenorrhea: The effects of body composition and nutritional intake. The Journal of Clinical Endocrinology and Metabolism, 83(7), 2309-2312. https://doi.org/10.1210/jcem.83.7.4975
[2] Agnihothri, R. V., Courville, A. B., Linderman, J. D., Smith, S., Brychta, R., … & Celi, F. S. (2014). Moderate weight loss is sufficient to affect thyroid hormone homeostasis and inhibit its peripheral conversion. Thyroid: Official Journal of the American Thyroid Association, 24(1), 19-26. https://doi.org/10.1089/thy.2013.0055
[3] Fontana, R., & Della Torre, S. (2016). The Deep Correlation between Energy Metabolism and Reproduction: A View on the Effects of Nutrition for Women Fertility. Nutrients, 8(2), 87. https://doi.org/10.3390/nu8020087
[4] Williams, N. I., Leidy, H. J., Hill, B. R., Lieberman, J. L., Legro, R. S., & De Souza, M. J. (2015). Magnitude of daily energy deficit predicts frequency but not severity of menstrual disturbances associated with exercise and caloric restriction. Endocrinology and Metabolism, 308(1), E29-39. https://doi.org/10.1152/ajpendo.00386.2013
[5] McGrice, M., & Porter, J. (2017). The Effect of Low Carbohydrate Diets on Fertility Hormones and Outcomes in Overweight and Obese Women: A Systematic Review. Nutrients, 9(3), 204. https://doi.org/10.3390/nu9030204
[6] Una posible explicación podría ser que las continuas fluctuaciones en el azúcar en sangre (los subidones y bajones tras las cinco tomas diarias de féculas y farináceos que se supone nos alejan del ataque al corazón de rigor) requieren sus picos de insulina subsiguientes para metabolizarlo, que a su vez estimulan la actividad de la aromatasa, la enzima que sintetiza los estrógenos. Además, estos picos de insulina disminuyen la globulina fijadora de hormonas sexuales (o SHBG, la proteína encargada de captar los estrógenos sobrantes para que sean felizmente eliminados), lo que dispara sus niveles. Y esos altibajos del azúcar en sangre también promueven la liberación de cortisol, la hormona del estrés. Y resulta que el papá bioquímico del cortisol es precisamente la progesterona (y cuanto más cortisol inunde la sangre, menos progesterona yin quedará para equilibrar a esos estrógenos yang). De ahí que el keto (unido a cierta paz espiritual) mitigue el síndrome premenstrual.
[7] Yeung, E. H., Zhang, C., Mumford, S. L., Ye, A., Trevisan, M., Chen, L., Browne, R. W., Wactawski-Wende, J., & Schisterman, E. F. (2010). Longitudinal Study of Insulin Resistance and Sex Hormones over the Menstrual Cycle: The BioCycle Study. The Journal of Clinical Endocrinology & Metabolism, 95(12), 5435-5442. https://doi.org/10.1210/jc.2010-0702
