Terapia nutricional y recetas bajas en carbohidratos

PORQUE LOS GENES NO SON UNA CONDENA VITALICIA

Nutricionista, psicóloga y cocinillas apasionada (además de feliz superviviente de cáncer, insulinorresistente con síndrome de ovario poliquístico y ex-gorda-depresiva-polimedicada)

Los (muchos) trapos sucios de la investigación nutricional

5 noviembre, 2019

Los (muchos) trapos sucios de la investigación nutricional

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A mi amada mente analítica: «¡Tienes razón! No basta con esconder la suciedad bajo la alfombra. De vez en cuando, hay que limpiar a fondo. Va para ti.»

Todos nos equivocamos. Todos juzgamos en base a nuestros propios sesgos inconscientes. Todos pensamos y actuamos según las experiencias que el destino ha dispuesto en nuestro camino. Todos queremos ser felices y priorizamos el bienestar de los nuestros. Pero no todos tenemos las mejores intenciones.

Y el primer paso para enmendar un error es… reconocerlo

 

 

Hoy quisiera presentaros a una grande de la nutrición, la colosal Marion Nestle. Con un Doctorado en Biología Molecular y un Máster en Nutrición y Salud Pública por la Universidad de California en Berkeley, a esta profesora retirada de la Universidad de Nueva York y prolífica escritora la empujan unas loables intenciones guiadas por un digno propósito: limpiar el buen nombre de la investigación nutricional, sacando a la luz sus (muchos) trapos sucios.

Va por delante que soy una súper fan de la ciencia médica (me alegro infinitamente de que me vacunasen contra la polio, de que me encontrasen el cáncer bien lejos de la mesa de autopsias, de haber entrado en quirófanos impolutos alegremente anestesiada y del encefalograma plano que disfruté gracias a los chutes de opiáceos posteriores), pero su investigación no siempre es todo lo transparente que debería. Y aunque a nadie le gusta oír que algo es «muy mejorable», lo cierto es que la única manera de aprender y avanzar es reconociendo la situación y tomando las medidas necesarias para mejorarla.

 

Antes de leer un estudio de salud, mira quién lo ha financiado

Hace exactamente 3 años, un artículo publicado en la supra-prestigiosa revista JAMA (por Journal of the American Medical Association,  el adalid de la ciencia médica norteamericana) destapó como la industria azucarera pagó a los científicos (de la mismísima Harvard) que en los años 60 difuminaron la asociación del azúcar con el riesgo cardiovascular, culpando a la grasa saturada en su lugar. Sus autores, eruditos de la Universidad de California en San Francisco, incluso sugieren que los últimos 50 años de investigación científica sobre nutrición y salud coronaria, así como las recomendaciones dietéticas actuales (que se derivan de ella), habrían sido moldeadas por la industria alimentaria.

 

 

Sí. Uno de los «científicos» de Harvard que cobró el equivalente a 50.000 dólares de la Sugar Research Foundation  por publicar el artículo que minimizaba la relación del azúcar con el riesgo cardiovascular (apuntando a la «perversa grasa» como el verdadero culpable) fue Mark Hegsted, quien se convertiría años después en el responsable del área de nutrición del ultra-poderoso Departamento de Agricultura de Estados Unidos (precisamente el organismo que ideó las recomendaciones dietéticas del 1977, que a día de hoy seguimos acatando como si estuvieran esculpidas en piedra –  ved la curiosa historia de su «no-ciencia» en Pirámides Alimentarias: los mausoleos flotantes). Otro de los «científicos» generosamente «endulzados» por la industria azucarera fue Frederick Stare, el director del departamento de nutrición de Harvard de la época. No sorprende pues que su artículo tuviera la colosal repercusión (cuyas nefastas consecuencias aún arrastramos en forma de la actual pandemia de diabetes y obesidad) que efectivamente tuvo.

Y aunque lo anterior date de hace 50 años, lo cierto es que la industria alimentaria ha continuado influyendo sobre la ciencia nutricional. La enorme Marion ha recopilado cientos de ejemplos de ensayos nutricionales financiados por empresas productoras de «comestibles procesados» (que no «comida», como diría Michael Pollan) con resultados curiosamente favorables para estas. Si os interesa ahondar en el tema y os defendéis con el inglés, no os perdáis sus libros Food Politics: How the Food Industry Influences Nutrition and Health  (o «La Política de la Comida: Cómo la Industria Alimentaria Influye sobre la Nutrición y la Salud») y Unsavory Truth: How Food Companies Skew the Science of What We Eat  (o «La Cruda Realidad: Cómo las Empresas Alimentarias Sesgan la Ciencia de lo que Comemos»).

Para aquellos que tengáis poco tiempo, un recuerdo difuso de antiguas clases de inglés o curiosidad relativa por el tema, procedo a compartir algunos ejemplos flagrantes.

 

 

«Destapa la felicidad»

 

Y echando un ojo bajo mi propia alfombra…

Dicho esto, incluso la gran Marion añade que, generalmente, los científicos no son realmente conscientes del peso que el origen de sus fondos ejerce sobre sus resultados. Así que aboga por que las fuentes de financiación de quienes analizan la relación entre nutrición y salud sean transparentes por obligación legal.

Y es que por muy loables que juzguemos nuestras intenciones, somos humanos y, como tales, ineludiblemente falibles. Yo, la primera. Curiosamente, en mi pequeña muestra de los ejemplos flagrantes que destapa el libro no he atinado a incluir que Nestlé (la mega-multinacional, no mi admirada Marion) ha invertido millones de dólares en ensayos científicos que resaltan las cualidades saludables del chocolate. No, Nestlé nunca me ha regalado nada. ¿Será porque me gusta el chocolate? 🤨



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