Nutricionista, psicóloga y cocinillas apasionada (además de feliz superviviente de cáncer, insulinorresistente con síndrome de ovario poliquístico y ex-gorda-depresiva-polimedicada)

Colesterolfobia o «érase una vez un conejo»

21 diciembre, 2019

Colesterolfobia o «érase una vez un conejo»

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Hoy quería contaros la peculiar historia que dio origen a la actual fobia al incomprendido colesterol (y con ella a las recomendaciones nutricionales obsoletas -y probadamente infructíferas- que aconsejan mantenerlo a raya para reducir el riesgo cardiovascular). Y curiosamente su protagonista es… un conejo.

 

 

En este vídeo (como en el de las tambaleantes pirámides alimentarias) también expongo dos portadas de la revista Time, que una imagen vale más de mil palabras.

La primera, publicada en 1984, cuando la hipótesis de que comer grasa y colesterol obstruía las arterias nos convenció de que nuestro objetivo en la vida debía ser evitar a toda costa la mantequilla y la yema de huevo. Y la segunda, de 15 años después, en la que ya se redimía al colesterol de sus pecados y se instaba a tirar la margarina (bien lejos a poder ser) y a recuperar el amor por la tortilla.

Y sí, hace ya 20 años de esa portada. Yo me pregunto cuándo vamos a reconocer, especialmente aquellos que viven de dar consejos nutricionales o recetan medicamentos para bajar los niveles de colesterol, que ni la grasa ni el colesterol provocan ataques al corazón…

 

Portadas de la revista Time de marzo de 1984 y de julio de 1999 (Imagen cortesía de Time Magazine)

 

y que los niveles bajos de colesterol en sangre NO ayudan en absoluto a reducir nuestro riesgo cardiovascular.

Cada vez son más los expertos que alzan la voz sulfurados para deshacer el enorme entuerto que (ya en 1985) el Dr. George Mann, eminente médico y bioquímico, describió como el mayor engaño científico de nuestros tiempos.

Ahora la primera pregunta es: si los niveles altos de colesterol en sangre no correlacionan con un mayor riesgo cardiovascular y mantenerlos bajos no nos ayuda en absoluto a procurarnos un futuro lo más longevo y saludable posible, ¿por qué nos gastamos millonadas en galletas y yogures supuestamente saludables porque “nos ayudan a controlar el colesterol” y nos medicamos para reducirlo activamente?

 

 

La respuesta corta es «porque es mucho más fácil y lucrativo que reconocer el error y porque las intervenciones que realmente funcionan para prevenir los ataques al corazón no se pueden vender».

Y la respuesta larga la encontraréis en estos libros (si os defendéis con el inglés, recomiendo especialmente The Great Cholesterol Con – que se traduce por La Gran Estafa del Colesterol, escrito por el Dr. Malcolm Kendrick, que además os arrancará más de una y dos carcajadas), que escudriñan cada estudio y ruta metabólica para llegar a una única conclusión: la grasa no provoca ataques al corazón y reducir el colesterol en sangre no es en absoluto la solución.

Y la segunda pregunta, inevitablemente, es:

si no son ni la grasa ni el colesterol lo que nos obstruye las arterias y nos condena a morir gordos de un ataque al corazón, ¿qué es?

Pues, lo de siempre. El estrés, no dormir, el tabaco, el azúcar y en general la comida inflamatoria que provoca altos niveles de azúcar en sangre, léase los carbohidratos de rápida absorción, como los dulces y los alimentos procesados, así como la inflamación sistémica crónica causada por infecciones recurrentes, la exposición a tóxicos o cualquiera de los factores anteriores, que sobreactivan a las plaquetas, los componentes sanguíneos que permiten que coagule la sangre cuando nos cortamos, pero también forman trombos y taponan las arterias cuando se descontrolan.

 

 

El colesterol es necesario para formar las membranas de todas las células que conforman nuestros queridos cuerpos, las conexiones entre neuronas, las hormonas esteroideas, que incluyen las hormonas sexuales y el cortisol, además de ser la molécula precursora de la vitamina D y de la bilis, la sustancia que nos permite digerir las  grasas.

Y son las plaquetas sobreactivadas por la inflamación las que taponan las arterias. El mal llamado «colesterol malo» solo acude a las arterias obstruidas para ayudar, para intentar reparar el tejido dañado, en su calidad de componente celular. Vamos, que la enfermedad cardiovascular no es en absoluto consecuencia de niveles elevados de colesterol que se acumulan en las arterias, sino una condición inflamatoria con una plétora de posibles causas.

 

 

Así que gastarnos el dinero en yogures, galletas o suplementos y medicarnos activamente para reducir el colesterol es un completo sinsentido. Es como ponerle palos en las ruedas al camión de los bomberos. Tanto las estatinas, como el famoso arroz rojo, lo que hacen es impedir que el hígado sintetice todo el colesterol que querría.

Con todo mi cariño, no creo que nosotros podamos juzgar mejor que nuestro hígado cuánto colesterol vamos a necesitar. Seguro que cualquier conejo estaría de acuerdo.



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