Terapia nutricional y recetas bajas en carbohidratos

PORQUE LOS GENES NO SON UNA CONDENA VITALICIA

Nutricionista, psicóloga y cocinillas apasionada (además de feliz superviviente de cáncer, insulinorresistente con síndrome de ovario poliquístico y ex-gorda-depresiva-polimedicada)

Epilepsia y dieta cetogénica (cuando el tiempo se para)

26 octubre, 2018

Epilepsia y dieta cetogénica (cuando el tiempo se para)

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La epilepsia es un desequilibrio neurológico por el que un funcionamiento alterado de la actividad eléctrica cerebral provoca convulsiones. A día de hoy, su prevalencia se estima en cerca de 65 millones de personas en todo el mundo, así que dista varios meridianos de poder ser calificada como «rara». De hecho, es la cuarta enfermedad neurológica más prevalente, solo superada por las migrañas, las apoplejías y el alzhéimer (cuya cura, afortunadamente, está a la vuelta de la esquina – ved más detalles aquí).

Quizás os sorprenda saber que la dieta cetogénica (sí, la misma que a menudo lastra una inmerecida reputación de insana, vedla en «un héroe acusado de villano«) lleva utilizándose como tratamiento para la epilepsia desde los años 20 del siglo pasado. De hecho, es el «as en la manga» al que se recurre cuando la medicación anticonvulsivante no logra atajar los ataques¹. Así que, curiosamente, la terapia nutricional resulta ser un tratamiento más eficaz (y asequible) que la medicación… sin los efectos adversos de esta.

(1). desde la propia medicina convencional, no como añadido a infalibles ritos sanadores y/o hechizos conjurados por vecinas que echan el tarot

 

 

 

La espada de Damocles

Estas convulsiones (los comúnmente llamados ataques epilépticos) abarcan un amplio rango de sintomatología y gravedad. Pueden limitarse a pocos segundos en los que se permanece quieto, ausente y con la mirada fija, pero también provocar desmayos acompañados de movimientos espasmódicos involuntarios de brazos y piernas.

Imaginaos el colosal impacto que tendría en vuestra vida el saber que una amenazante espada de Damocles en forma de momentos (cuya aparición no podéis prever) en los que «el tiempo parece pararse» pende sobre vuestra cabeza. Las convulsiones pueden aflorar mientras se está tranquilamente viendo la tele en el sofá, pero también cruzando una autovía, haciendo unos largos en la piscina, yendo en bicicleta o conduciendo un camión.

Aquí entra en escena la medicación, el primer tratamiento al que se recurre para impedir la aparición de los ataques. Desgraciadamente, no siempre se da en el clavo con el fármaco a la primera y a menudo son necesarios meses de experimentación con distintas fórmulas (el socorrido «ensayo y error farmacológico»), en los que el recién diagnosticado se ve ineludiblemente sometido a sus efectos secundarios (que van desde la fatiga o los sarpullidos a la depresión).

No me malinterpretéis, no pretendo condenar el uso de anticonvulsivantes contra viento y marea. Habrá quien ya haya dado con un fármaco que le va como anillo al dedo y prefiera convivir con sus efectos secundarios en lugar de renunciar² a magdalenas y lasañas (ante lo que no tengo nada que objetar). Mi único objetivo es informar a aquellos que lo desconozcan (y preferirían hornear sus propias magdalenas aptas para dietas cetogénicas) de que existe una alternativa a la medicación que les permitiría ahorrársela o reducir significativamente su dosis.

(2). más que una «renuncia» es una «adaptación» (sabed que las opciones para disfrutar de imitaciones aptas muy logradas son poco menos que infinitas)

 

Muffins de arándano low carb (rotundamente irresistibles y, sin embargo, perfectamente aptos)

 

Los beneficios de la dieta cetogénica (o muy baja en carbohidratos) radican en su capacidad para inducir la cetosis, imitando así el estado metabólico propio del ayuno. El término cetosis deriva de las moléculas resultantes del uso de grasa como combustible, las cetonas (una fuente de energía alternativa a la glucosa, tanto para el cerebro, como para el resto del cuerpo).

Cuando elevamos el consumo de grasas saludables (no de margarinas «frankenquímicas», ni de aceites industriales ultra-procesados y profusamente oxidados) y reducimos el de hidratos de carbono (léase azúcar, pan, pasta, arroz, patatas y maíz en sus millones de variedades y derivados), nuestro cuerpo se adapta a quemar grasa en lugar de azúcar.

La cetosis no solo es útil para quienes sufren epilepsia o desean perder peso, sino para todos aquellos que quieren evitar un envejecimiento prematuro manteniendo bien cerrada la caja de Pandora de las enfermedades crónicas, la ubicua resistencia a la insulina. Y es que, además, este estado metabólico se ha demostrado un rotundo coadyuvante en el tratamiento de una plétora de condiciones (ved su efecto en el cáncer, la esclerosis múltiple o el síndrome de ovario poliquístico), así como un probado potenciador del rendimiento físico y mental.

Si bien sus efectos beneficiosos han hecho correr ríos y ríos de tinta, los mecanismos bioquímicos subyacentes no acaban de comprenderse. Las cetonas parecen potenciar la función de las mitocondrias (los orgánulos celulares encargados de producir energía), reduciendo además el estrés oxidativo (la acumulación de radicales libres subsiguientes al metabolismo) y la inflamación sistémica. Parece pues que la dieta cetogénica optimiza los procesos por los que obtenemos y usamos energía, aumentando la capacidad de nuestro cuerpo de lidiar con la maraña de estresores a los que ineludiblemente le sometemos día a día.

 

 

El casco nutricional

Así, aunque sí se sabe que la dieta funciona, no se acaba de comprender cómo, ni por qué. Lo curioso es que la afirmación anterior resulta igualmente aplicable a la mayoría de fármacos anticonvulsivantes, ante lo que yo me pregunto cómo podemos saber qué consecuencias pueden tener a largo plazo si ni siquiera entendemos bien cómo actúan. Sí parece que el mecanismo de acción de la terapia nutricional se apoya precisamente en el cambio de combustible del cerebro, que pasa de depender de la glucosa a utilizar cetonas. Esta variación, de algún modo, aumenta el umbral de los ataques, dificultando su aparición, sin afectar a las capacidades cognitivas ni a las funciones cerebrales.

A diferencia de la medicación, la dieta cetogénica logra controlar y/o disminuir considerablemente un amplio espectro de convulsiones. Este hecho sugiere que (a pesar de su variabilidad de respuesta a los fármacos) los distintos tipos de epilepsia coinciden en sus rutas metabólicas subyacentes, lo que les hace susceptibles al tratamiento con una misma aproximación nutricional.

Llegará el día en que comprenderemos por qué la combustión cerebral de cetonas tiene efectos anticonvulsivantes y se desarrollará una medicación que simule sus efectos bioquímicos, pero, para los que veáis la espada pendiendo sobre vuestras cabezas cuando alzáis la vista, el tiempo apremia. ¡No esperéis más! Colocaos cuanto antes el casco y dadle una oportunidad a la dieta cetogénica, ni que sea para comprobar si os compensa aprender a hornear deliciosas lasañas low carb de calabacín.

Y que el tiempo no vuelva a pararse… más que cuando contempléis un bello amanecer o sintáis un flechazo arrollador.

Ánimo, que vale la pena.

Para los curiosos y apasionados de la causa, aquí os dejo las referencias utilizadas en mi perorata anterior.


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