Terapia nutricional y recetas bajas en carbohidratos

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Nutricionista, psicóloga y química en proceso (además de feliz superviviente de cáncer, insulinorresistente con síndrome de ovario poliquístico y ex-gorda-depresiva-polimedicada)

Rosquillas low carb o “una historia de amor verdadero”

25 enero, 2019

Rosquillas low carb o “una historia de amor verdadero”

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Amor no es “me ha regalado un anillo de 7000 euros”. Amor no es “que no me entere yo de que ese culito pasa hambre”. Tampoco es “la declaración de la renta conjunta desgrava”. Ni siquiera es ese chute de endorfinas que nos estruja el estómago y aplana el encefalograma. No.

 

 

Amor es agradecer eternamente el milagro de haber coincidido en el tiempo y el espacio. Amor es desear la felicidad ajena aun en detrimento de la propia. Amor es no vacilar en donar un riñón a pesar de los errores, los años o la distancia. Amor es acostarse sonriéndole a una fotografía, todas las noches, durante sesenta años.

Y amores como estos… nunca mueren.

 

Barcelona, 1950

 

Hoy quisiera contaros la historia de amor de mis tíos abuelos por parte de madre. A él, un verdadero virtuoso de la madera y un alma excepcionalmente creativa y jovial, desgraciadamente, nunca lo conocí. Pero ella fue quien me regaló la figurina del hombrecillo feliz (que él talló a mano hace 70 años) que se ha convertido en el logo-tótem de mi epopeya.

 

La bella figurina que talló mi tío abuelo hace 70 años, mi alegre tótem.

 

Se conocieron y enamoraron profundamente en la Barcelona de postguerra. Apenas semanas después de su luna de miel, él cayó enfermo con tuberculosis. Sospecho que los penosos años de hambre que pasó durante la guerra no le ayudaron a reforzar su sistema inmune precisamente. Ingresó en un sanatorio, cuyos prohibitivos costes la obligarían a ella a compaginar dos trabajos durante décadas.

 

 

A pesar de que, tras largos meses de lucha, logró superar la enfermedad, nunca se recuperó. Poco después del alta, empezó a fallarle un riñón, probablemente a causa de la toxicidad del tratamiento antituberculoso. Decidieron extirpárselo pero, ya en la mesa del quirófano, el cirujano descubrió que solo tenía uno. Así que mi tío abuelo regresó a casa con su amada mujer y murió meses después. Tenía 34 años.

 

 

Ella ha cumplido los 92. Es una mujer increíble (y mucho más lúcida que yo) que ha seguido profundamente enamorada los últimos 60 años.

El día que me dio la figurina y me dijo que quería que el precioso dormitorio hecho a mano por su marido fuera para mí, no pude evitar emocionarme. Ella se sorprendió y me dijo que no llorase, que el amor no era un motivo de tristeza, sino de alegría: ella daba gracias cada día por haberlo vivido.

 

 

En aquella época, los trasplantes de riñón no eran más que un sueño lejano. Pero, si ella hubiera tenido la oportunidad de regalarle a su amado algunos años de vida, sospecho que no solo le habría donado un riñón… sino los dos.

Eso sí es amor. Y esta pequeña receta es mi humilde homenaje.

En la Barcelona de los años cincuenta mucha leche de coco y aguacate no había, así que hoy os propongo una versión paleo low carb de un postre tradicional de cuaresma que sí compartieron mis tíos abuelos: las rosquillas de anís.

 

 

Esta versión se cuece al horno, porque las masas paleo low carb fritas (que es como se hacen las tradicionales) pasan de desmoronarse y perderse a la deriva en el aceite hirviendo, a ser auténticas piedras rompemuelas. Pero compensa. La textura queda clavadica.

Si os decidís, sabed que, para un alegre platillo repletiño de rosquillas, necesitáis:

  • un huevo (clara a punto de nieve)
  • 3 cucharadas de harina de almendra
  • una cucharada harina de coco
  • la ralladura de medio limón
  • una cucharada de aceite
  • puntita de impulsor químico
  • una cucharada de semillitas de anís
  • toquecillo de edulcorante (yo le echo una puntita de xylitol)
  • manga pastelera

 

 

Y no tenéis más que encender el horno a 180ºC, engrasar feliz y generosamente un papel sulfurizado, mezclar los ingredientes, verter la masa con cariño en una manga pastelera, montar las rosquillas sin mataros mucho y hornearlas hasta que estén doraditas. Y veréis que el glaseado de azúcar no les hace ninguna falta.

Confieso que nunca fui fan de las rosquillas de anís, pero estas quedan buenísimas. Vale la pena probarlas, aunque no sea para rendir homenaje a una bella historia de amor, sino sencillamente para aniquilar ansias rosquilliles diversas. Apuesto a que logran trasladaros a esa época, no tan lejana, en la que la televisión en blanco y negro era apenas un espejismo.

 

 

La verdad es que recordar la historia de mis tíos abuelos siempre me emociona y me da que pensar. Y es que…

¿conocéis a alguien a quien no dudaríais en donar un riñón de manera anónima y sin la certeza de un reencuentro posterior? 

Jacinto Benavente lo expresó mejor que yo cuando escribió: “El verdadero amor, el amor ideal, el amor del alma, es el que solo desea la felicidad de la persona amada, sin exigirle en pago nuestra felicidad.”



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