Nutricionista, psicóloga y cocinillas apasionada (además de feliz superviviente de cáncer, insulinorresistente con síndrome de ovario poliquístico y ex-gorda-depresiva-polimedicada)

Consejos para recién llegados (y súplica a los expertos)

28 febrero, 2017

Consejos para recién llegados (y súplica a los expertos)

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Atrás quedó la era en la que debíamos aceptar a pies juntillas que el consumo de grasa engorda y obstruye ineludiblemente nuestras arterias. Permitidme que os liste algunas lecturas (y visualizaciones) que os ayudarán a entender el low carb y por qué, aunque llevéis media vida intentando adelgazar limitando calorías (con las proporciones recomendadas de 55% hidratos, 15% proteínas y 30% grasa), cuando descubrís las dietas bajas en carbohidratos la pérdida de peso resulta un paseo. Y no, no moriréis más delgados de un ataque al corazón.

 

adelgazar dietas

 

Algunas recomendaciones

Para los que os defendáis con el inglés

Si queréis profundizar y no os asusta aprender rutas metabólicas y nombres de hormonas, estas eminencias (que encabezan ahora mismo mi podio de personas favoritas) os lo aclararán todo:

 

 

  • Gary Taubes (Why we get fat, Good Calories, Bad calories, The case against sugar): físico y periodista de investigación científica. Es el pionero que destapó la historia de intereses económicos que se esconde tras la famosa pirámide de los alimentos que nos insta a hincharnos a farináceos. Los tres libros son auténticos compendios de sabiduría y deberían ser de lectura obligada para cualquiera cuya profesión esté remotamente relacionada con la sanidad o la nutrición. De los tres, Why We Get Fat es el que va dirigido al público general: expone los hechos sin titubeos y de modo riguroso pero con un lenguaje asequible. Si de veras queréis entender «por qué engordamos» pero no buscáis planes dietéticos o recetas, es vuestro libro.

 

 

  • Dr. Tim Noakes (The Real Meal Revolution): médico especialista en ciencias del deporte y corredor de maratones. Escribió varios libros recomendando la dieta típica de 55% carbohidratos hasta que una diabetes tipo II (a la que su padre no había sobrevivido) le hizo replantearse el paradigma. No os perdáis su defensa de las dietas LCHF (LowCarbHighFat – bajas en carbohidratos y altas en grasas) ante el tribunal Sudafricano. Resulta inspirador oírle contar al juez por qué estaba equivocado cuando recomendaba a sus pacientes hincharse a cereales integrales y cómo una dieta baja en carbohidratos le salvó la vida haciendo remitir su propia diabetes. Su libro sí es una guía práctica de introducción a la comida real baja en carbohidratos. Por cierto, a pesar de la apelación, ganó el juicio demostrando que sus recomendaciones están basadas en la evidencia médica actual más rigurosa.

 

 

  • Dr. David Ludwig (Always hungry?): profesor de pediatría y nutrición en Harvard. Te aclara todas las dudas de manera amena y apta para profanos (si queréis que alguien muy leído os explique por qué estáis hambrientos continuamente y cómo os puede ayudar el low carb, es vuestro libro). Además, proporciona un plan de acción muy preciso con recetas, listas de la compra y consejos prácticos. Así que si la previsión y la creatividad en la cocina no son vuestro fuerte (o si os queda alguna duda sobre lo saludable de implementar una dieta low carb y os apetece que un médico profesor de Harvard os lo aclare), no dudéis en leerlo.

 

 

  • Dr. Robert Lustig (Sugar: The Bitter Truth, The Fat Chance): neuroendocrino infantil de la Universidad de San Francisco y un orador nato (su presentación sobre el azúcar tiene casi 8 millones de visualizaciones, creedme, HAY que verla). Es uno de los peces gordos de la lucha anti-azúcar. No solo se ha propuesto erradicar la diabetes y la obesidad infantil, de paso se ha sacado el título de abogado para dejar de hablar y empezar a actuar. Pretende saltar al ruedo contra las empresas que inundan el mercado de jarabe de maíz alto en fructosa (sacando pingües beneficios que luego destinan a financiar las campañas de los políticos). También se ha propuesto salvar la economía americana de la eventual bancarrota (los números hablan por sí solos, si las estadísticas sobre la alarmante prevalencia de las enfermedades crónicas no transmisibles continúan al alza, en 2030 no quedará un dólar para repartir). Y milagrosamente también ha encontrado el tiempo para escribir un par de libros que os ayudarán a entender por qué hay que darle una oportunidad a la grasa y quitarle al azúcar la etiqueta de «inofensivo».

 

 

Para los que os sintáis más cómodos con la lengua de Cervantes

Afortunadamente, muchos de los compendios de sabiduría que describen cómo optimizar nuestra salud y explican por qué low carb ya se encuentran convenientemente traducidos al español. He aquí mi selección, para ir abriendo boca:

  • Dr. David Perlmutter (Cerebro de Pan, Alimenta tu Cerebro): neurólogo de profesión y uno de los paladines de la dieta low carb antiinflamatoria para promover la salud y eludir la demencia. Esta opción es perfecta tanto si buscáis entender por qué low carb como si queréis un apoyo práctico para implementarlo. Empieza por explicar (rigurosamente pero con un lenguaje asequible y ameno) las bases fisiológicas del low carb y por qué es un aliado inestimable en la lucha contra las enfermedades que nos aquejan. Si bien se centra en especial en el cerebro, dada su condición de neurólogo, no deja títere con cabeza ni hueco por llenar. También propone un meticuloso plan de 30 días para remediar la miríada de efectos nocivos que toda una vida de azúcar y trigo pueden haber provocado. Sencillamente, os aclarará todas las dudas que tengáis (y algunas más). Os aseguro que de las posibles reticencias previas que tuvierais contra la dieta antes de leer el libro, no quedará ni el mero recuerdo.

 

  • Dr. William Davis (Sin Trigo, Gracias): cardiólogo famoso por sus charlas contra el consumo de trigo. Aboga por la wheatlessness (o la ausencia de trigo) como primera estrategia para afrontar la crisis de salud en la que estamos inmersos. Describe cuidadosamente cómo nos afecta fisiológicamente la ingente cantidad de trigo que consumimos hoy en día (no solo en forma de pan, pasta y bollería, sino también oculto en todo tipo de alimentos procesados). También detalla los mecanismos por los que básicamente nos hemos vuelto adictos a él, convirtiéndonos de paso en gordos y enfermos. He aquí el libro perfecto para regalar a los más reticentes: de lectura fácil, pero riguroso y contundente en sus argumentos. Gracias a él conseguí que mis padres se replantearan su dieta, perdieran esas barrigas que se consideran normales a ciertas edades (y, ciertamente, que sean comunes no implica que sean normales) y dejasen las nefastas estatinas para el control del colesterol sérico. Y nunca han estado mejor.

 

 

Y varias decenas de eruditos más cuyas tesis iré incluyendo en la categoría «lo que dicen los sabios» para vuestra comodidad.

 

Y mi súplica.

A los profesionales de la salud y la nutrición, humildemente, les ruego:

 

 

  • Que dejen de considerar que la causa del sobrepeso es la gula y la pereza. Nadie culparía a una persona de estatura fuera de los estándares considerados «normales» de no haber crecido lo suficiente (o de haber crecido demasiado). Que entiendan que es una disfunción hormonal (y que empiecen a tratarla como tal) en lugar de limitarse a recomendar comer menos y moverse más. Nadie le diría a un alérgico al polen lloroso y moqueante que cerrase los ojos y respirase menos.
  • Que no enseñen en la carrera de nutrición que una dieta debe incluir pan y postre en cada toma y que los diabéticos «deben» consumir un 55% de su aporte calórico diario en forma de carbohidratos (e inyectarse la insulina que les permita metabolizarlos) para evitar las enfermedades cardiovasculares a las que una dieta rica en grasa les abocaría. Que investiguen el origen (de escaso rigor científico, ya se lo adelanto) de esos preceptos que siguen a rajatabla.
  • Que empiecen a preguntarse si esas dietas abarrotadas de zumos, bocadillos y tortitas de arroz que pautan a quienes quieren adelgazar podrían ser contraproducentes (además de una tortura muy poco efectiva). O, como mínimo, que abran la puerta a la posibilidad de que esas teorías que postulan tengan algún que otro hueco por llenar.


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