Terapia nutricional y recetas bajas en carbohidratos

PORQUE LOS GENES NO SON UNA CONDENA VITALICIA

Nutricionista, psicóloga y cocinillas apasionada (además de feliz superviviente de cáncer, insulinorresistente con síndrome de ovario poliquístico y ex-gorda-depresiva-polimedicada)

«The Fat Chance» de Robert Lustig (La ocasión la pintan grasa)

26 julio, 2019

«The Fat Chance» de Robert Lustig (La ocasión la pintan grasa)

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He aquí uno de los peces gordos de la lucha anti-azúcar, un valiente cuyo propósito (de dimensiones realmente épicas) deja a mi humilde epopeya a la altura del betún. Apuesto a que la mayoría de vosotros ya lo conoceréis, pero, por si este escrito alcanzase a algún rezagado (o a alguna alma curiosa que haya llegado aquí redirigida desde mis consejos para recién llegados y súplica a los expertos), quisiera presentaros al supra-audaz Dr. Robert Lustig.

Este neuroendocrino infantil y profesor de la Universidad de San Francisco saltó a la fama gracias a una imperdible presentación anti-azúcar que casi roza los 10 millones de visualizaciones en Youtube. A día de hoy, es uno de los abanderados de la lucha contra las nefastas consecuencias de la desgraciadamente célebre pirámide alimentaria (que me he permitido apodar el «mausoleo flotante», ved aquí por qué).

 

 

Este orador nato no vacila en sacarle los colores a las grandes corporaciones de «sustancias comestibles procesadas» (que no «comida», como diría Michael Pollan) que nos han convertido en los gordos, tristes y enfermos comedores (y compradores) compulsivos que somos hoy. Y lo hace con tal contundencia que resulta en extremo contagioso y motivador.

 

«Si cuentas calorías, eres parte del problema, no de la solución»

Sí, también a mí me enseñaron que la única manera de pautar una dieta saludable es sumando calorías y siguiendo a rajatabla ciertas fórmulas matemáticas (cuyo rigor científico dista mucho de apoyarse en cimientos de solidez férrea, quisiera añadir), pero, tal como el propio Dr. Lustig suele decir: «una caloría no es una caloría».

Por mucho que nos quieran vender que una caloría de galleta o de refresco de cola tiene el mismo efecto sobre nuestro organismo que una caloría de tortilla o de alcachofa, lo cierto es que no es así, ni por asomo. El metabolismo NO ES REDUCIBLE a una mera ecuación matemática del tipo:

 

calorías que entran – calorías que salen = déficit o superávit calórico

(y la teórica pérdida o ganancia de peso subsiguiente)

 

No. El metabolismo es un complejo engranaje de reacciones (regulado por mensajeros bioquímicos, básicamente hormonas y neurotransmisores) que depende tanto de la genética que nos haya tocado en suerte, como de los tropecientos factores que influyen sobre ella (léase dieta y disponibilidad de nutrientes, exposición a tóxicos, nivel de actividad física, historial médico y farmacológico, nivel de estrés, calidad del sueño, sincronía del ritmo circadiano o composición de la microbiota intestinal), tanto directa (modulando la síntesis de los susodichos mensajeros bioquímicos) como indirectamente (a través de mecanismos epigenéticos que repercuten sobre la expresión de los genes). Vamos, que es un follón tremendo. Y todo aquello que no contemple su complejidad (por muy conveniente y cómodo que resulte) está condenado a conducir a un absurdo.

Así que si queréis entender por qué las dietas bajas en grasa no son la solución, por qué saltaros el almuerzo no os compensa por ese bollo de crema azucarado o por qué creíais que sí… este es vuestro libro.

Diabetes tipo 2 o «la enfermedad de la comida procesada»

En su calidad de neuroendocrino infantil, fue la perturbadora incidencia creciente de obesidad en bebés de pocos meses y de diabetes tipo 2 e hígado graso en niños pequeños¹ (para la que su formación médica no le había preparado), lo que le obligó a investigar qué estaba provocando el caos metabólico en sus pacientes.

(1). Sí, desgraciadamente y desde hace algunos años, han dejado de ser condiciones achacables a la edad avanzada o al consumo de alcohol.

Y lo encontró: la comida ultra-procesada abarrotada de azúcar y carente de nutrientes esenciales de la que se alimentaban. Descubrió el trabajo de John Yudkin, un bioquímico que (ya en los años 60 del siglo pasado) había evidenciado el papel preponderante del azúcar sobre la creciente epidemia de sobrepeso, diabetes y enfermedad cardiovascular. Y el neuroendocrino infantil fue atando cabos… y enfureciéndose simultáneamente. Pero lejos de limitarse a instruir a sus alumnos y mejorar considerablemente el pronóstico de sus pacientes modificando su dieta, decidió emplear esa furia en divulgar la verdad sobre el azúcar a lo grande y se propuso buscar soluciones aplicables al mundo real. Y lo está logrando.

Incluso se ha liado la manta a la cabeza sacándose el título de abogado para embarcarse en la odisea de atajar la alarmante tendencia de la economía estadounidense hacia la eventual bancarrota², promoviendo cambios legislativos para cortarla de raíz.

(2). Bancarrota que se estima inevitable ante la actual pandemia de enfermedades metabólicas (y psiquiátricas) y sus estadísticas al alza. 

 

 

«Deja que el alimento sea tu medicina» (Hipócrates, 400 a. C.)

Así que, si tras escuchar sus imperdibles presentaciones también os quedáis con ganas de más y os defendéis con el inglés, no dejéis de echarle un ojo a sus libros. Os aseguro dos cosas: que no os dejarán indiferentes y que aprenderéis una barbaridad.

Y no me queda más que reiterar mi más profunda admiración por este señor. No me cabe duda alguna de que su valentía y determinación serán clave para inclinar la balanza hacia el nuevo paradigma médico que, afortunadamente, ya asoma en el horizonte.

Por fin se acerca el día feliz en el que los profesionales de la salud serán conscientes de que la alimentación no es un mero combustible, de que el cerebro no necesita azúcar y de que el colesterol dietético no obstruye las arterias. Y de nuevo la famosa frase de Hipócrates volverá a cobrar sentido… casi 2500 años después. Más vale tarde que nunca.



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