Nutricionista, psicóloga y cocinillas apasionada (además de feliz superviviente de cáncer, insulinorresistente con síndrome de ovario poliquístico y ex-gorda-depresiva-polimedicada)

Linzer Torte (de esta salgo rodando, pero despacito)

17 abril, 2020

Linzer Torte (de esta salgo rodando, pero despacito)

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Bueno, una vez cumplido el primer mes de reclusión domiciliaria, ya me atrevo a vaticinar que «de esta saldré rodando». Básicamente, porque mis niveles de cortisol¹ me impiden mantener la insulina todo lo baja que quisiera y porque me estoy regalando delicias como la presente impunemente y con más… «asiduidad» de la habitual.

 

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Eso sí, la perfidia de mis concesiones actuales no es comparable a la que encierran las guarradas procesadas a las que habría recurrido hace 10 años. Así que sí, puede que salga rodando… pero esférica del todo no acabaré, así que rodaré despacito 😁

Y confieso con la mano en el corazón que esta es la «concesión» que más he disfrutado, con diferencia. Resulta una verdadera delicia.

 

 

(1). El cortisol es la hormona del estrés. Aunque intento mantenerme relajada, lo cierto es que yo desconfiaría de alguien cuyo estado de ánimo no se vea afectado por una pandemia mundial  😊

Sí requiere un pelín de maña y paciencia, que las masas sin gluten son mucho más peliagudas de manipular, pero el resultado final vale cada minuto y cada gesto.

 

 

Es una versión paleo y baja en carbohidratos de mi muy adorada Linzer Torte,  una tarta de mermelada austríaca con un crujiente enrejado de galleta. Y ahí entra precisamente la parte peliaguda del presente apaño: lograr el enrejado (dejémoslo en «casi-enrejado», que 4 tiriñas no sé yo si califican como tal). Aunque también es la parte más divertida de hacer.

 

 

El único secreto consiste en ser paciente y en trabajar siempre la masa en frío y a través del plástico hasta el feliz momento de meter la tarta en el horno. Y queda… (ya sé que está feo que lo diga yo, pero como me ha tocado recluirme sola, pues no me queda otra) rotundamente sublime.

 

 

Si queréis poner a prueba vuestra paciencia y/o habilidad manual, contad que necesitaréis, para una tarta de palmo (el molde-cacerolilla mide 18cm de diámetro):

 

 

Y para la peliaguda pero deliciosa masa de galleta:

  • un huevo
  • 50g de mantequilla blandita
  • una cucharadita de canela (idealmente, de la verdadera que no daña el hígado)
  • 5-6 cucharadas de almendra molida (dependerá del tamaño del huevo)
  • 2-3 cucharadas de harina de coco (ídem)
  • edulcorante al gusto (yo le he echado una puntita de xylitol… que Mary Poppins solo hay una 😁)

 

 

Y solo hay que mezclar los ingredientes, hacerlos un par de bolas con la ayuda de un poco de papel film (una grande, que sea la base de la tarta, y otra más pequeña, para las tiriñas del enrejado) y meterlas en la nevera. ¡Que la masa quede bien densa!

Pasado un rato, la mantequilla habrá asentado y se podrá empezar a jugar con ella.

 

 

Yo comenzaría por la base. Hay que liberar la bola grande del papel film (sin descartar este último, que nos salvará la vida en el proceso) y colocarla sobre un papel de horno.

¡Llega el primer momento (más) divertido! Convertir la bola en una placa redonda (o no, según el molde). Solo hay que pasar el rodillo por encima con cariño (no quitéis el papel film, que el rodillo no toque la masa o se desmenuzará).

 

 

Una vez tengáis la placa redonda para la base, volved a dejarla en la nevera con su papel y su film. Si le quitáis el film de plástico sin estar bien fría, se pegará todo y será un desastre 😁

Se arregla muy fácilmente volviendo a colocar el film, pero vaya, si os lo ahorráis mejor.

 

 

Y siguen las partes divertidas. Ahora toca recuperar la bola pequeñita y partirla en tantas bolitas como tiriñas os apetezca colocar sobre la mermelada.

Y aquí me veo obligada a informaros de que el esfuerzo sí vale la pena, porque la base de masa bajo la fruta queda jugosita, así que unido al crujiente de las tiriñas… resulta un bocado delicioso.

 

 

Haced churrillos con las bolitas, envolvedlos de nuevo en el papel film y a la nevera un poquito más o no habrá manera de hacerlas tiriñas con cierta elegancia.

 

 

Una vez fresquitos, aplanad los churrillos entre el papel film hasta darles la longitud y la forma que buenamente os apetezca. Y a la nevera otra vez.

 

 

Llegó el momento feliz de recuperar la base de la tarta y colocarla (con el papel sulfurizado debajo) sobre el moldecillo que hayáis decidido usar. Colocadla bien contra los bordes (que cuando quitéis el plástico será más difícil de manipular).

Id encendiendo el horno, a 180ºC.

 

 

Retirad el papel film de arriba con cariño (si se os pega, devolvedla a la nevera un par de minutos más) y ya podéis rellenarla con la mermelada.

Que no haya demasiada fruta, solo una capita, como de medio dedo.

Y ahora llega el momento más divertido: liberar las tiriñas del plástico protector una a una e ir colocándolas sobre la mermelada. Veréis que solo requiere un poquito de cariño y paciencia (y si hace calor, un muchito de frío)

 

 

¡Y al horno con ella! Ya quedó atrás la «peliagudez» manipuladora. Ahora solo queda esperar el milagro. En cuanto huela a galleta de fresa y las tiriñas estén doradas, podréis sacarla alegremente.

 

 

A mí me ha tardado apenas 20 minutos de feliz y aromática espera.

Y una vez horneada la tarta, llega el momento más difícil de todos… Esperar a que se enfríe.

 

 

Si la manipuláis en caliente, se desmenuzará. Además, bien fría está… tremenda. Aunque templadita y desmenuzada también queda… absolutamente demencial. No tiene nada que envidiar a la original.

Lo dicho… Puede que de esta salga rodando, pero rodaré despacito (y felizmente saciada de Linzer Torte)  😁

 

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