Terapia nutricional y recetas bajas en carbohidratos

PORQUE LOS GENES NO SON UNA CONDENA VITALICIA

Nutricionista, psicóloga y cocinillas apasionada (además de feliz superviviente de cáncer, insulinorresistente con síndrome de ovario poliquístico y ex-gorda-depresiva-polimedicada)

PI3K: la enzima que enlaza la insulina y el cáncer (o «la portera pirómana»)

30 octubre, 2019

PI3K: la enzima que enlaza la insulina y el cáncer (o «la portera pirómana»)

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Hoy me declaro profundamente enamorada. Quisiera presentaros al Dr. Lewis Cantley, eminente químico y director del Cancer Center of Weill Cornell Medical College. Gracias a este amor de hombre, creo haber entendido un poquito más la bioquímica celular subyacente a la relación (que ya os adelanté en Cancer as a Metabolic Disease, de mi idolatrado Dr. Seyfried) entre la dieta, la insulina y el cáncer. Y no solo eso, esta eminencia de señor también me ha descubierto el asombroso mecanismo por el que la dieta cetogénica detiene los ataques epilépticos (os lo cuento aquí).

 

Y para animar a los cultivos de células cancerosas in vitro a crecer… insulina

Mucho antes de sumergirse en el cáncer, el Dr. Cantley empezó su fructífera carrera en el mundo de la investigación científica estudiando la señalización insulínica. En aquel entonces, aunque ya se sabía que la insulina promovía el crecimiento de los tejidos y la entrada de glucosa en la célula, se desconocía cómo. Y lo que le condujo por esos derroteros fue la sospecha de que insulina y cáncer debían estar íntimamente relacionados.

De hecho, la insulina es precisamente lo que se usa para impulsar el crecimiento de células tumorales en el laboratorio. Adivinad entonces qué efecto ejerce sobre posibles proto-tumores que los bañemos en insulina cada tres horas desayunando cereales, matando el gusanillo de media mañana con unas magdalenas, almorzando macarrones con natillas, merendando un bocadillo y cenando pizza. Básicamente les insuflamos combustible para cohetes.

 

Mi adorado Cantley, un supra-sabio con tal visión de futuro que no ha probado el azúcar desde 1975 (y lo bien que le sienta, que aquí tiene 70 añazos… 😍)

 

No, la dieta cetogénica no cura el cáncer, pero vaya si ayuda.

Apuesto a que ya sabéis que una de las labores de la insulina es permitir la entrada de glucosa a la célula (para ser almacenada en forma de grasa o usada como combustible) y que una vida larga y saludable requiere un control insulínico óptimo, tanto por lotería genética, como por «biohackeo» mediante dietas low carb (ved más detalles en Resistencia a la Insulina: la caja de Pandora de las enfermedades crónicas).

Lo que quizás no sabéis es que la última responsable de ese digno cometido es PI3K, la fascinante fosfoinositol-3-quinasa, encargada de transmitir la señal insulínica y promover tanto la captación de glucosa como el crecimiento celular. Esta enzima subió a la palestra en 1984 gracias al enorme Cantley y su equipo, un grupo de eminentes científicos deseosos de desentrañar la relación entre la insulina y el cáncer. Y la encontraron, vaya si la encontraron. De hecho, las mutaciones en los genes que codifican la ruta de PI3K son las segundas más comunes en los cánceres humanos (solo superadas en número por las del célebre p53, el llamado «guardián del genoma», un súper-gen supresor de tumores). Aunque al buen p53 no lo podemos «biohackear»… mientras que a PI3K sí.

 

La versión «relato-metafórica» (o de la portera pirómana)

[Curiosos con poco tiempo y/o pasión relativa por la narrativa, ved más abajo la versión «resumen a palo seco»]

Sabéis que la insulina es la molécula que «llama a la puerta» de la célula para que la glucosa pueda colarse dentro y ser almacenada o usada como combustible. Y la resistencia a la insulina se da cuando la célula se vuelve sorda a su repiqueteo y cada vez necesita que aquella aporree la puerta con más fuerza para oírla (lo que obliga al páncreas a segregar más y más insulina para lograr el mismo efecto), hasta que llega un momento que el páncreas dice «hasta aquí hemos llegado» y «patapam». Hízose una diabetes.

 

PI3K, nuestra portera pirómana (cortesía de Jawahar Swaminathan del European Bioinformatics Institute)

 

Pues si la glucosa fuera el butano y la insulina fuera el repartidor, PI3K sería la portera que abre la puerta. Hasta aquí bien, es un trabajo muy digno. El problema es que su curiosa manera de darle uso al combustible, es prenderle fuego a una mecha que mete en la bombona. Esta rotunda insensatez sería PIP3, un lípido cancerígeno que PI3K crea en respuesta a la insulina. 

Sí, todo lo que la insulina hace en todas las células (hasta el momento) en todos los animales multicelulares, lo hace a través de PI3K y de su creación del oncolípido PIP3 (es precisamente este último el que desencadena las reacciones que permiten la entrada y utilización de la glucosa). Sin embargo, si todo funciona correctamente, el juicioso dueño (a quien le aqueja un miedo atroz al fuego, así que tampoco osaría darle uso al butano sin la intervención de su insensata portera) acudirá inmediatamente a trasladar la bombona hasta su calefactor y evitar el desastre. Este santo varón sería PTEN, la proteína encargada de librarse del lípido PIP3 (y con él de su potencial cancerígeno). La bombona llegará entera a su lugar de combustión, donde podrá ser felizmente utilizada para calentar toda la casa. Así que necesitamos tanto a la portera (idealmente tranquila y con un oído bien fino, además), como a su insensatez.

Y es que mientras todo funcione como es debido, la bombona no llegará a estallar y el cáncer no osará aparecer. El problema surge cuando la portera se estresa y compra varias bombonas (porque PI3K se encuentra sobreactivada), lo que abruma la capacidad trasladadora del buen PTEN, o cuando este no acude a reparar la insensatez de la portera (porque el gen que lo codifica se encuentra mutado restándole eficacia). El resultado, una célula con más PIP3 procáncer del que PTEN puede destruir (o una casa con bombonas prendiendo que nadie controla). Hízose el cáncer.

Así que procurando que el butanero llame a la puerta suavemente (para que nuestra insensata portera no se estrese, ni se vuelva sorda con estruendos reiterados) y deje solo la bombona que el buen dueño puede controlar sin agobios, el riesgo de que se incendie la casa disminuye significativamente. De ahí la importancia de mantener una dieta bien baja en carbohidratos de rápida absorción que mantenga controlados (y bajos) los niveles de insulina en la lucha contra el cáncer. Sin olvidar además que la insulina como tal es un mensajero bioquímico que traslada una orden de crecimiento a los tejidos…

El propio Cantley dice haberse propuesto que todos los endocrinos, oncólogos y luchadores del mundo conozcan esta conexión, porque resulta realmente fácil de aprovechar. ¡Ojalá esto sí se hiciera viral! Por mi parte, no puedo más que decir:

Ojalá… Y gracias.

 

 

Y si también os apasiona el tema y además os defendéis con el inglés, recomiendo enérgicamente que miréis esta presentación del gran Cantley de enero de 2019 (con una intervención estelar del enorme Dr. Lustig, a quien alabé efusivamente en The Fat Chance: La Ocasión la Pintan Grasa). No tiene desperdicio. Os aseguro que después de verla no volveréis a mirar ese plato de pasta o ese zumo de manzana con los mismos ojos

 

Y la versión «resumen a palo seco» (o la magia tras las PET)

Resumiendo, los niveles altos de insulina en sangre promueven el crecimiento de los tejidos cancerosos, cuya habilidad para captar y utilizar la glucosa es mucho mayor que la de los tejidos sanos porque presentan mayor sensibilidad insulínica. De hecho, es precisamente gracias a esta característica que disponemos de las PET (o tomografías por emisión de positrones), unas pruebas diagnósticas por imagen que detectan y localizan los tumores por su elevadísima captación de glucosa en comparación a la de los tejidos sanos que los rodean.

 

PET (que muestra como los tumores acaparan la glucosa)

 

La imagen de arriba muestra la PET de un paciente con múltiples metástasis en la región abdominal de un linfoma, un cáncer del tejido linfático. Las zonas brillantes son las que presentan una captación inusualmente activa de glucosa (y por tanto mayor sensibilidad a la insulina), los tejidos tumorales. He aquí la magia: los tumores son más hábiles en la competición por captar y utilizar la glucosa como combustible, así que las dietas de alta carga glucémica les confieren una ventaja abismal sobre los tejidos sanos. Así que, sencillamente, esos multi-cereales, esas galletas integrales, esa lasaña, esas patatas fritas y esa paella son un pleno al 15 para posibles tumores.

Y por si fuera poco y como final apoteósico de mi apasionada oda a este señor, me veo obligada a añadir que el eminente grupo del Dr. Cantley publicó hace apenas 6 meses en la supra-prestigiosa revista Science, un ensayo que demuestra que el consumo de azúcar catapulta el crecimiento de los tumores colorrectales. Para que luego digan que la dieta no influye en el cáncer…

Un hurra apasionado y ensordecedor para él. 



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