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Nutricionista, psicóloga y cocinillas apasionada (además de feliz superviviente de cáncer, insulinorresistente con síndrome de ovario poliquístico y ex-gorda-depresiva-polimedicada)

Bizcocho anisado de hinojo o «Quien no arriesga, no gana»

18 mayo, 2019

Bizcocho anisado de hinojo o «Quien no arriesga, no gana»

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Se cuenta que Esopo (sí, el griego de las fábulas) decía que es fácil ser valiente desde lejos. No nos aclara qué ganaban los que efectivamente se metían en el «fregao», pero asumo que los «valientes lejanos» mucho no sacaban. Y el hombre tenía tanta razón en esto como en la célebre moraleja de la hormiga y la cigarra. Mal que nos pese, pocas cosas que valgan la pena se consiguen viendo pasar la vida desde la seguridad de la barrera¹.

 

 

Así que hoy he decidido arriesgar el bulbo de hinojo que había pensado destinar a una infalible crema de hinojo (o «una entre un millón») y me he aventurado a convertirlo en un incierto bizcocho.

 

 

Y la verdad es que, por mucho que me guste la susodicha crema, he salido ganando. Ha quedado un bizcocho tierno, esponjoso, ultra-saciante y con un aromático sabor anisado que he disfrutado inmensamente. Me ha recordado a mis veneradas rosquillas de anís o «una historia de amor verdadero», pero en blandito y jugoso.

 

 

 Y admito que me he limitado a adaptar la receta del bizcocho de calabaza low carb, pero sustituyendo esta última por hinojo, obviando la canela y abarrotándolo todo a semillas de anís. Y al final, para mi alegre molde de 12cm de diámetro (especial para ocasiones íntimas o muy íntimas – léase «de mí, conmigo»), han caído:

  • medio bulbo de hinojo cocido (cubierto con agua y triturado con el agua de cocción), al final ha sido un vaso de puré espeso
  • 4 cucharadas de almendra molida
  • 2 cucharadas de harina de coco
  • edulcorante al gusto (yo le he puesto una cucharada de xylitol)
  • una cucharadita de levadura química
  • 2 huevos (claras a punto de nieve)
  • una cucharada de semillas de anís
  • una cucharada de aceite

 

 

Y me he limitado a mezclar los ingredientes (después de encender precavidamente el horno a 180ºC) y añadir las claras a punto de nieve firme al final (con cariño y movimientos envolventes), para luego verterlo todo en un molde con papel de horno (como mínimo en la base) y engrasado.

 

 

Y en apenas media hora, el bizcocho estaba doradito y toda la cocina (y parte del resto de mi humilde habitáculo) olía a rosquillas de anís. Así que lo he sacado y lo he dejado enfriar sobre una rejilla (para darle una vía de escape alternativa al vapor de agua y que no «tortillease» el bizcocho).

Y me lo he zampado alegremente para recompensar mi osadía inicial 😊

 

 

(1). Sí, lo cierto es que nadie va a venir a pasar la ITV o a declarar amor eterno por nosotros, pero para tener alguna opción de oír el deseado «sí, sí y requetesí», ¡tenemos que arriesgarnos a un eventual «lo siento, pero no»!



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