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Nutricionista, psicóloga y cocinillas apasionada (además de feliz superviviente de cáncer, insulinorresistente con síndrome de ovario poliquístico y ex-gorda-depresiva-polimedicada)

Glaciar sangrante antártico (o panna cotta de vainilla)

14 marzo, 2021

Glaciar sangrante antártico (o panna cotta de vainilla)

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Ya he encontrado la excusa perfecta para embadurnar impunemente una sublime pero supra-fácil panna cotta de vainilla con mermelada de fresas: disfrazarla de glaciar antártico 😁

 

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El glaciar sangrante en versión naíf, con el incansable tiburón cantarín y la mamá pingüino suplicándole al universo que el escualo se calle de una vez

 

Sí, de verdad. Al este de la Antártida se encuentran las llamadas Cataratas de Sangre, que son básicamente un descomunal chorro de agua color rojo que sale de un glaciar.

Se conoce que pelín obsesionada sí que estoy, porque cuando supe de su existencia pensé: «hmmmm… panna cotta… con fresa…» 😅

 

Aquí las Cataratas de Sangre originales. Parece que su origen es un depósito de agua salada abarrotadito de óxido de hierro, lo que le da su intenso color rojo. [Imagen cortesía de Peter Rejcek]

 

Es tan rematadamente sencilla de hacer, pero queda tan, tan, tan cremosa y exquisita… que he aprovechado la ocasión para «glaciarizarla», con su cascadica roja y todo. Cualquier excusa es buena 😁

 

caricatura arcilla polimérica explorador antártico pingüino
Daniel, explorador protector de pingüinos y sabio conocedor de las incompetencias cantarinas de los tenaces tiburones antárticos

 

Excusas y chaladuras aparte, la verdad es que vale la pena probarla. Podéis cuajarla en vasitos (y presentarlas bellamente sin desmoldar) o echar mano de ese molde tipo cake y «glaciarizarla» alegremente.

 

 

Sea como fuere, para unas 4-6 personas (según su amor por el dulce), solo necesitáis:

  • 4ooml de nata para montar
  • un chorrillo de esencia de vainilla (como esta, que no lleva cosas raras)
  • 4 láminas y media de gelatina neutra (felizmente sustituible por agar agar)
  • edulcorante al gusto
  • un pelín de mermelada de fresa low carb (o no, pero la verdad es que queda tremenda) – yo me he limitado a cocer unos minutos un puñaíco de fresones picaditos en un chorrillo de zumo de limón con un pelín de edulcorante (con un resultado más que óptimo)

 

 

Empezad por poner a hidratar las hojas de gelatina en agua fría. Mientras, calentad la nata (con su chorrillo de vainilla y su pelín de edulcorante) hasta que rompa a hervir.

Retiradla del fuego y disolved en ella la gelatina hidratada. Removed bien y dejadla templar un poquiño mientras decidís qué molde usaréis. Si vais a querer desmoldarla, podéis colocar un papel film/sulfurizado para facilitaros la tarea (o recurrir al viejo truco de sumergirlo en agua caliente cuando ya esté cuajada).

 

 

Verted la mezcla templada en los vasitos/molde elegido y a la nevera. Dejadla cuajar durante un par de horas antes de servirla.

La ventaja del glaciar es que el plan es que la panna cotta quede rota y desigual, así que no hay que tener ningún tipo de cuidado al desmoldarla.

Embadurnadla con la mermelada. ¡Y ya la tenéis!

 

 

Sea como sea, en vaso o en glaciar… estará sublime.

Así que disponeos a subir al cielo… o bajar a la Antártida, ¡según! 😅

 

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Aquí la mamá pingüino ya a salvo de los chillidos del tiburón y su retoño en brazos de Daniel, sabiamente protegido del canturreo ensordecedor por sus orejeras

 

Las figurinas las ha hecho mi alter ego, Prosopopeya. Si os aburrís de hacer pasteles durante el confinamiento, ¡aquí tengo un paso a paso del pingüino! 



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