En esta ocasión, la insinuante pinta de la receta no ha sido fruto de un subconsciente frustrado (como sospecho que sí fue el caso de las inauditas galletas «pingüinos freudianos» que he querido homenajear abajo), no. Es que no es físicamente posible presentar dos bellos calabacines rellenos (en especial si son amarillos y redondos) sin que arranquen una media sonrisa.
Así que el apodo «afrodisíaco» no se debe a que estén rellenos de ostras, no, sino a que creo firmemente que su mera disposición tiene el poder de despertar (subconscientemente o no) la libido más amodorrada.




La ventaja añadida, tanto si son redondos, amarillos, verdes o blancos, es que comparten un exiguo sabor, así que pueden rellenarse de lo que fuere que tengamos en la nevera. Maridan de maravilla tanto con restos de carne, como de pescado, como de tortilla, como de verduras diversas. Sospecho que incluso con chocolate quedarían estupendamente.
Eso sí, mejor que el relleno que elijamos esté ya cocinado, que si no el calabacín se desmenuzará antes de que se cueza su contenido y se nos fastidiará el plan.
¡Y son facilísimos!
Solo hay que decapitarlos, cocerlos apenas 15 o 20 minutos en el horno a 180ºC, vaciarlos, salpimentarlos, rellenarlos y darles un cuarto de hora de horno más. Hoy los he rellenado con unas sobras de pollo rustido, unos champiñones salteados con ajos tiernos y la propia carne del calabacín.
Y han quedado buenísimos, además de ciertamente insinuantes. Los he presentado en platos individuales, que poner los dos en una misma bandeja iba a ser demasiado obvio…
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Y he aquí los pingüinos freudianos
Supongo que estas galletas sí son una imprevista e inusitada oda a mi subconsciente. Juro que mi plan inicial era lograr unas puritanas «galletas Pinocho», con la figura del mítico hombrecillo de jengibre y un extra de selenio en forma de nariz de nuez de Brasil. Pero, sin querer, en lugar de unas galletas especiadas y santurronas que homenajearan simultáneamente al eterno Pinocho y al hombrecillo de jengibre del colosal Shrek, he «acometido» unas con pinta de pingüino que apuntan a que podrían existir ciertos traumas freudianos por solucionar. Pues sí.
¡Ya dicen que el primer paso es reconocerlo!

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