Terapia nutricional y recetas bajas en carbohidratos

PORQUE LOS GENES NO SON UNA CONDENA VITALICIA

Nutricionista, psicóloga y cocinillas apasionada (además de feliz superviviente de cáncer, insulinorresistente con síndrome de ovario poliquístico y ex-gorda-depresiva-polimedicada)

Esquizofrenia y dieta cetogénica (derribando muros)

15 agosto, 2019

Esquizofrenia y dieta cetogénica (derribando muros)

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Sospecho que nadie que haya llegado hasta aquí alberga duda alguna sobre las posibilidades de la terapia nutricional como tratamiento¹ de condiciones como la epilepsia, la demencia, la depresión, el ovario poliquístico, el sobrepeso, las autoinmunes (como la esclerosis múltiple), la ceguera por degeneración macular, la diabetes tipo 2 o el mismísimo cáncer. Sin embargo, apuesto a que os invade un inquietante escalofrío de incredulidad si os digo que el diagnóstico mental más sobrecogedor, la esquizofrenia, también puede no solo mejorar, sino incluso, en ocasiones, remitir, gracias a la dieta.

(1). No, nadie dice que la dieta deba sustituir al tratamiento médico convencional, ni que haya que renunciar a él. Pero, en ocasiones, una nutrición personalizada puede no solo optimizar, sino incluso superar los resultados de las terapias farmacológicas, sin sumar efectos secundarios adversos a estas. 

Y no, la idea tampoco es mía. Mi idolatrado Dr. Walsh (vedlo en Terapia Nutricional: el futuro de la psiquiatría), la colosal Dra. Ede (la intrépida psiquiatra, adalid del low carb, a quien dediqué Intolerancia a la histamina o muerte por delicatessen), mi admirada Dra. Brogan (quien confiesa no haber curado jamás a nadie hasta que dejó de prescribir medicación psiquiátrica, vedla en Venciendo a la depresión) y la enorme Dra. Rucklidge (a quien os presenté en ¿Y si la nutrición curase los trastornos mentales?) no están solos.

Quisiera presentaros al Dr. Chris Palmer, un audaz psiquiatra neoyorquino (formado en la celebérrima Facultad de Medicina de Harvard, para más señas) que se ha propuesto todo un desafío, el «más difícil todavía»:

divulgar el poder de la dieta como apoyo al tratamiento de la temida esquizofrenia

 

 

Si os defendéis con el inglés y queréis ir directamente a las fuentes del artículo que sigue, ved:

aquí, una amplia revisión acerca de los efectos de la dieta cetogénica sobre la esquizofrenia (publicada hace apenas un mes y firmada por el Dr. Palmer y dos neurocientíficos australianos);

aquí, un ensayo clínico del 2018 que evidencia el efecto positivo de la dieta cetogénica sobre la sintomatología psicótica y metabólica;

aquí, un artículo descriptivo de dos casos clínicos (ambos esquizofrénicos con largos años de medicación a sus espaldas y cuya sintomatología psicótica remite con una dieta cetogénica), también publicado hace apenas un mes y firmado por el Dr. Palmer, que abre (de una patada y de par en par) una inmensa puerta a la esperanza;

aquí, la descripción del caso clínico de un niño a quien una psicosis galopante y resistente a los fármacos mantuvo meses ingresado (y que finalmente remitió gracias a una intervención nutricional), escrita por la gran Dra. Rucklidge y su directora de tesis doctoral, la Dra. Kaplan (otra de las defensoras de la psiquiatría nutricional); y

aquí, la guía clínica de los trastornos asociados con el gluten de mi amado Dr. Fasano (a quien os presenté en La otra cara del gluten), que señala una asociación entre el consumo de proteínas inflamatorias (en especial las propias de los cereales), el síndrome del intestino permeable y los síntomas psicóticos.

 

Aunque a día de hoy la evidencia disponible es aún muy limitada, sí permite augurar un futuro prometedor a quienes se ven obligados a cargar de por vida con el yugo de los fármacos antipsicóticos (cuya eficacia y efectos secundarios son muy mejorables a día de hoy, la verdad). Reitero que no abogo por renunciar a la medicación en absoluto, pero sí por considerar cualquier intervención con el poder de reducir su dosis o duración.

Librémonos ya de esa creencia de que los alimentos que elegimos no influyen en absoluto sobre los trastornos mentales «serios», porque sí lo hacen (y mucho). No menospreciemos el potencial apaciguador de una dieta antiinflamatoria, nutritiva y metabólicamente óptima para el cerebro con esquizofrenia, porque… ¡toda piedra hace pared!

 

 

Y hablando de paredes, he aquí…

el Muro

El diagnóstico de esquizofrenia resulta devastador. Puede incluir una compleja miríada de síntomas, como las alucinaciones, los delirios, el retraimiento social y las alteraciones en la función cognitiva, la conducta, la atención y la capacidad para dar y recibir afecto.

Aunque la causa del trastorno se ha atribuido a una disfunción en los circuitos dopaminérgicos cerebrales (la dopamina es un neurotransmisor que modula conductas como el placer, la adicción, la creatividad, la memoria y la función motora), lo cierto es que a día de hoy la hipótesis cuenta con sus detractores y cada vez más evidencia en contra².

(2). El supuesto exceso de receptores de dopamina en las neuronas podría ser consecuencia de los fármacos antipsicóticos (que inhiben la transmisión del neurotransmisor, lo que estimularía al cerebro a producir más receptores para mantener la homeostasis) y no del propio trastorno. Pretendo ahondar en ello cuando comente «Anatomía de una Epidemia», de Robert Whitaker (¡no dejéis de leerlo si os interesa el tema!) 

La hipótesis que está desbancando a la del exceso de receptores de dopamina como causa última de la psicosis es una capacidad mermada del cerebro esquizofrénico para metabolizar y regular la glucosa cerebral, lo que concluye en una comunicación disfuncional entre las neuronas. Y aquí es donde entra en escena la desgraciadamente incomprendida…

Dieta cetogénica

Contrariamente a la creencia popular de que el cerebro necesita azúcar para funcionar adecuadamente (y por ello los nutricionistas bienintencionados se aseguran de pautar dietas con un mínimo de 100g de azúcares «complejos» al día), lo cierto es que una dieta baja en azúcares y alta en grasas saludables (vedla en Dieta cetogénica: un héroe acusado de villano) optimiza el funcionamiento cerebral.

El cerebro necesita glucosa, sí, pero el hígado puede sintetizarla tranquilamente en pequeñas dosis, sin riesgo a que inundemos nuestra sangre de azúcar y obliguemos a nuestro páncreas a bañarnos en insulina cada dos horas, con todo lo que ello implica (nada bueno, por cierto, vedlo en Resistencia a la insulina: la caja de Pandora).

Las dietas ricas en grasa proporcionan un combustible alternativo (y más limpio) a las células cerebrales, en forma de cuerpos cetónicos. Estos no son más que metabolitos (cachillos, vamos) de moléculas de grasa que el cuerpo utiliza como combustible cuando los niveles de azúcar en sangre se mantienen bajos. Y si existe cierta disfunción en el metabolismo de la glucosa cerebral (ya probada para la epilepsia o el alzhéimer), tal como se postula (también) para la esquizofrenia, la dieta cetogénica podría ser clave para asegurar que las neuronas reciben el combustible que necesitan. De ahí las mejoras sustanciales en los casos clínicos (arriba mencionados) tras la intervención dietética.

¿Y qué cabe esperar si obligamos a un cerebro hambriento (y con neuronas mal comunicadas) a vivir en un estado inflamatorio perenne causado por el consumo reiterado de proteínas (que provocan permeabilidad intestinal y arengan al sistema inmune) como…

El gluten?

No está claro si el efecto negativo de las proteínas con potencial inflamatorio (como las que aportan los cereales -integrales o no- que tanto nos recomiendan) se debe a que abundan en las dietas ricas en azúcares… o a su propio potencial para sembrar el caos autoinmune en personas proclives a ello. Pero sí se ha evidenciado un empeoramiento de los síntomas esquizofrénicos tras su consumo (que, por cierto, remite con dietas exentas de cereales).

No disponemos aún de cientos de rigurosos ensayos clínicos aleatorizados con miles de participantes que apoyen la difusión de directrices dietéticas rotundas para mitigar la sintomatología esquizofrénica. Pero todo llegará.

 

 

…por derribar

Asumo que «esquizofrenia» es el último diagnóstico que querríais escuchar de boca de un psiquiatra que os está evaluando. El mero sonido de la palabra tiene el poder de inquietar (por no decir, directamente, asustar). Lamentablemente, ese desasosiego contribuye a reforzar un estigma que condena al ostracismo a un porcentaje notable de recién diagnosticados, quienes ven truncadas sus vidas (a menudo apenas cumplidas dos o tres décadas en este mundo). Además, deben soportar largos meses de incapacitantes y arduas probaturas farmacológicas, sabiendo que probablemente se verán obligados a convivir con sus efectos secundarios de por vida.

Yo solo pretendo compartir una pequeña chispa de esperanza y animar a quienes sí hayan oído ese diagnóstico a darse una oportunidad, sin tener que esperar a que la flamante psiquiatría nutricional derribe el tozudo muro de incredulidad que aún la separa de las consultas psiquiátricas. La esquizofrenia, como el cáncer, no es «algo trágico que le pasa a los demás», no. Y ni siquiera tiene por qué ser una condena vitalicia tampoco. Un día no muy lejano, no me cabe duda, la dieta formará parte de las prescripciones psiquiátricas de rigor, la medicación será solo un recurso temporal… y de ese muro no quedará más que un vano recuerdo.



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